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Pero para algunas culturas y pueblos la magia es parte de su realidad, y quizás más que en ningún otro caso, los indios de la Tierra del Fuego han sido los que paradójicamente podrían figurar entre los pueblos más primitivos materialmente hablando, y los de mayor elevación espiritual, casi como su cultura se hubiera especializado en un camino único, totalmente alejando de lo que nosotros conocemos como progreso en un sentido puramente material.
Los indios de esta provincia argentina carecían de un vocabulario para dar las gracias o demostrar cortesía entre sí, no tenían caciques ni deidades propiamente dichas; Su supervivencia dependía de lo que ellos podían hacer en un ambiente polar, sumamente riguroso, y que ellos consideraban como una extensión de su propia existencia.
Para estos indos, la realidad se dividía en tres facetas esenciales: Una, la de los hombres. La segunda, la de la naturaleza, la cual era como una extensión de la faceta humana; para un indio de aquella región del mundo, una montaña, un árbol o un animal eran lo mismo que personas. Y la tercera faceta era la del mundo mágico.
Nosotros estamos acostumbrados a una cosmovisión centrada en el hombre o en las deidades (homocentrismo versus teocentrismo), pero aquellos indios dividían su realidad en tres partes, sin ningún interés por el desarrollo material dado que no veían necesidad alguna de hacer que una de las facetas de su mundo preponderara sobre cualquiera de las otras dos. La magia era algo tan normal como hablarle a una roca, que a su vez era lo mismo que hacerlo con otra persona.
Y esta filosofía básica que indudablemente les impidió cualquier progreso material, les llevó a un sorprendente desarrollo intelectual: Cualquier indio de la región, a pesar de no saber cómo dar las gracias, manejaba un vocabulario de aproximadamente treinta mil palabras, lo que es unas cinco veces más que un ser humano promedio en prácticamente cualquier grupo cultural.
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