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Es curioso que algunos deportes tarden un tiempo en imponerse y tornarse populares a pesar de los intentos publicitarios en tal sentido, mientras que otros, sin publicidad y hasta con prohibiciones de por medio, se convierten en pasiones para multitudes de personas. El fútbol americano puede entenderse como un derivado del rugby, que a su vez es un derivado del fútbol inglés.
Los norteamericanos han ido tan lejos en intentar promocionar al fútbol americano, que hasta le robaron el nombre al fútbol inglés original, y siempre han pretendido llamar al fútbol auténtico, soccer. En la promoción del fútbol americano se gastan centenares de millones de dólares por año, mientras que el fútbol inglés se ha popularizado casi como de maduro, como si fuera una cosa obvia.
El juego de pelota que conocemos como fútbol hoy en día fue reglamentado por los ingleses y popularizado por los argentinos. Los muchos inmigrantes ingleses que fueron al país sudamericano en la segunda mitad del siglo XIX, difundieron el deporte entre los locales, a quienes casi inmediatamente les apasionó. El fútbol se convirtió en el deporte nacional de la noche a la mañana.
De ahí, el fútbol pasó al resto de los países de América donde igualmente atrajo a mucha gente - particularmente ne Brasil-, mientras que en Europa se popularizó paralelamente, de forma algo más lenta pero igualmente efectiva.
Pero lo curioso es que lo único que hicieron en el siglo XIX los ingleses fue establecer una serie de reglas para el juego, que ya era conocido desde la edad media, aunque resultaba brutal y muchas veces había sido prohibido por las autoridades, sobre todo porque deseaban que los deportes y juegos populares se centraran en el desarrollo de habilidades ecuestres y de tiro con arco y flecha, lanzas, etc. es decir, todo lo que tuviera que ver con el entrenamiento militar.
Pero a la población le agradaba más el juego de pelota, y pese a las prohibiciones, siguieron practicándolo. El Calcio italiano que se juega en algunos festivales medievales todavía - no el fútbol de las ligas italianas, que es de la versión moderna - sirve como una buena muestra de lo que era el juego medieval.
Y todo esto se logró sin ninguna promoción, sin franquicias con abultados bolsillos, contratos publicitarios ni nada que se le parezca. Los Maradona, Pelé y Di Stéfano no son superestrellas fabricadas por ninguna compañía, sino simplemente individuos excepcionalmente talentosos, y quizás ése sea el atractivo del fútbol, es decir, que cualquiera puede participar y convertirse en el héroe del momento, algo que muchas veces no sucede ni con los otros deportes ni con la vida misma.