Ludwig II fue el rey del estado de Baviera durante la segunda mitad del siglo XIX y bajo el punto de vista de prácticamente todo el mundo era un enfermo mental que dedicó su vida a dilapidar el dinero del estado con la construcción de castillos y palacios de fantasía que nadie necesitaba, en el financiamiento de proyectos artísticos sin principio ni fin, y en fiestas y celebraciones descomunales. Se puede decir que manejó las finanzas de ese estado, actualmente uno de los constituyentes de la moderna Alemania, como si él hubiera tenido una tarjeta de crédito de capacidad ilimitada y que desde luego, pagarían otras personas.
Así es como, por ejemplo, se hizo construir un castillo de fantasía llamado Neuschwanstein justo en una loma enfrente de otro, de origen medieval y llamado Schwanstein no le era de su agrado. También popularizó una fiesta de bodas que resultó ser tan entretenida que los participantes decidieron repetirla al año siguiente, y al siguiente también, hasta que se transformó en un hábito que se empezó a conocer como la Oktoberfest, o fiesta de la cerveza.
Pero cuando ya las finanzas bávaras estaban prácticamente n bancarrota, el rey murió misteriosamente ahogado en un lago, en una zona que tiene menos de un metro de profundidad. A decir verdad, todos respiraron aliviados porque el reinado de la locura se había terminado, pero Ludwig II permaneció en el corazón de muchos como un héroe: el arquetipo del rey europeo que lleva una vida de fantasía.
Ahora, tanto la fiesta de la cerveza como el castillo de Neuschwanstein constituyen dos de las atracciones turísticas más populares de todo el país, atrayendo a millones de turistas y cientos de millones de euros cada año; los alemanes, y particularmente los bávaros, agradecen haber tenido un rey loco todos los días.
Más sobre el rey Ludwig.
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