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 Asunto: Siembra de transgénicos en Argentina = MONSANTO
NotaPublicado: Jue Ago 02, 2012 8:36 pm 
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La Monsanto

Por: Martín Caparrós | 31 de julio de 2012

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La frase era un dechado: “Hace unos instantes estuve con Monsanto (sic) que nos anunció una inversión muy importante en materia de maíz y además estaban muy contentos porque la Argentina está a la vanguardia en materia de eventos biotecnológicos, en repatriación de científicos y fundamentalmente también en respeto a las patentes. Como ahora nosotros hemos logrado patentes propias nos hemos convertido también en defensores de las patentes”.


Dijo, con esa cara de falsa ingenua que le queda tan rara, y enarboló un folleto. Cristina Fernández estaba en un sitio peligroso: es una tradición que los presidentes argentinos, cuando comparecen en el Club de las Américas de Nueva York, hablen de más. Se ve que los anima el público de grandes empresarios americanos –en este caso, entre otros, representantes de JPMorgan, Barrick Gold, Ford, Fox, IBM, Cargill, Walmart, DirecTV, Procter & Gamble, Pfizer, Monsanto, Microsoft– y se sueltan, y después a veces se arrepienten.

Nadie sabe si la doctora Fernández se arrepintió de definir el oportunismo con esa frase sonriente: “Como ahora nosotros hemos logrado patentes propias nos hemos convertido también en defensores de las patentes”. Después de haber estado, se sobreentiende, muchos años “en contra” de esas mismas patentes. O eso parecía en 2006, cuando Monsanto trababa embargo contra barcos con granos argentinos en Europa porque el Estado argentino no le dejaba cobrar lo que quería por la patente de uno de sus productos estrella: la semilla de soja RoundUp Ready. La otra es el RoundUp, el herbicida hecho de glifosato que mata todo lo que pulula alrededor salvo esas semillas, genéticamente modificadas para sobrevivir al killer.

(La historia es larga y está bien contada en un artículo de Le Monde Diplomatique. En síntesis: en los noventas, cuando empezó a venderla, Monsanto no patentó la semilla en la Argentina pero, a cambio, recibió del gobierno de Menem la autorización para su uso –lo cual, en países como Brasil, tardó años de pruebas y debates. La RoundUp Ready copó, muy pronto, la gran mayoría de los campos argentinos. Durante diez años Monsanto se dio por satisfecho con sus acuerdos con las productoras que les pagaban un cánon por las semillas y, sobre todo, con las ventas crecientes del Round Up, que completaba el combo. Hasta que decidió que quería cobrar más y empezó su ofensiva política y judicial.)

Aquella tarde de junio en Nueva York, Cristina Fernández siguió hablando y explicó los términos de su nueva alianza con Monsanto: la empresa americana tendría una planta productora de semillas de maíz genéticamente modificadas en Malvinas Argentinas, provincia de Córdoba, y un par de proyectos de investigación conjunta con científicos argentinos. Quizá Monsanto quiera hacer ahora aquí lo que suelen hacer las multinacionales químicas: modificar lo suficiente el producto que no patentaron –o cuya patente va a vencer– para patentarlo como si fuera otro, y recaudar.

Cada época tiene sus ogros: Monsanto es uno de los más presentes estos días. Todo empezó hace casi cincuenta años, cuando la empresa fabricaba el “agente naranja”, un defoliante poderoso con que el ejército americano se cargó los bosques y cultivos de Vietnam para tratar de rendir a sus defensores. En esos días, aviones militares derramaban torrentes de veneno sobre el país, medio millón de vietnamitas moría en esos bombardeos, otro medio millón nacía malformado –y Monsanto prosperaba en paz. Pero su verdadero salto a la fama llegó un cuarto de siglo después. En los noventas empezaron a convertirse en lo que son ahora: una empresa multinacional que estableció la propiedad privada de la reproducción natural. Con sus semillas de plantas que no dan semillas, Monsanto controla el mercado mundial de semillas transgénicas y, a través de eso, se acerca cada vez más a una posesión en la que puede definir quién come, quién no, a qué precios, bajo qué condiciones.

Todo tan claro que Eduardo Galeano solía llamarla “la serial killer multinacional”. Tan claro que, hace menos de un año, Carta Abierta decía en una carta abierta que “el gran capitalismo agropecuario tiene su mirada en la Bolsa de Chicago, en las operaciones políticas de gran escala, en los secretos de los gabinetes químicos que perfeccionan la semilla transgénica, nuevo padrenuestro de una teología que sin tener santidad tiene a Monsanto, mientras empresarios voraces, pioneros cautivos de un clima de mercantilización de todas las relaciones humanas, se comportan como forajidos de frontera, escapados de otra época, pero tiñendo de una agria tintura este momento histórico que aunque les es heterogéneo, caen en la incongruencia de querer apropiarlo”.

Tan claro que hace tres años, un día en que el señor Verbitsky, falto quizá de nada más excitante, decidió tirarle un par de prontuarios por la cabeza al tornadizo Felipe Solá, escribió uno de sus artículos acusándolo de haber “trabajado para Monsanto”. Hasta que Cristina Fernández mostró su alborozo y su cariño por su nuevo socio, y ninguno de ellos dijo esta boca es suya –señora presidenta.

Pero, más allá de los vaivenes clásicos, más acá de sus nuevos amores, Monsanto va a seguir planteando sus dos problemas principales.

Uno son sus efectos sanitarios y ecológicos. El maíz transgénico, por ejemplo, que van a fabricar en Córdoba está prohibido en Francia por contaminante; el gobierno francés –del liberal Nicolas Sarkozy– pidió en febrero último a la Unión Europea que lo prohiba en todo su territorio. Y, aquí, la mayoría de los productores dicen que no saben qué puede quedar de sus tierras después de unos años de semillas transgénicas –pero que la ganancia es tan grande que las siguen usando. Aunque varios me dijeron, últimamente, que trataban de hacerlo en tierras arrendadas: ajenas.

Que rebosan de RoundUp. Monsanto solía presentarlo como biodegradable hasta que tribunales franceses y americanos los condenaron por publicidad engañosa. En realidad es biodegradante: degrada toda la vida que hay alrededor, y por eso solo se pueden plantar las semillas de Monsanto, que lo sobreviven. Pero no las personas: el mes pasado, precisamente en Córdoba, empezó el primer juicio oral y público por un caso de envenenamiento por fumigación con glifosato.

Los acusados –faltaba más– no son los inventores del tóxico sino los aviadores que lo fumigaron, pero la historia es siniestra –en un suburbio cordobés muy expuesto a las fumigaciones, casi 200 cancerosos sobre 5000 habitantes, un bebé nacido sin riñones– y fue bien contada por Página/12 cuando todavía hablaba del asunto, antes de que Monsanto se convirtiera en "un nuevo inversor".

Monsanto seguirá envenenando –como decía Galeano– los campos y los campesinos argentinos; ahora, con el apoyo del Estado. Pero esto es pura coherencia: después de todo, este gobierno nunca simuló preocuparse por la salud pública. En cambio, sí hizo de la “lucha contra los monopolios” una de sus banderas más flameadas.

Decíamos: Monsanto es, ahora mismo, el nombre global del monopolio despiadado. Lo cuentan muchos y, entre ellos, Marie-Monique Robin –la periodista francesa que consiguió que generales argentinos hablaran en cámara de sus torturas y asesinatos– en una película que vale la pena mirar. Porque el 87 por ciento de las plantaciones de semillas transgénicas –algodón, maíz, soja– del mundo usan sus semillas; esto es: la enorme mayoría de las plantaciones del mundo engordan a Monsanto. La noticia de que el gobierno nacional y popular está encantado de hacer negocios con semejante emblema ya tiene un mes; podría haber provocado incomodidades, molestias, escozores; no se vieron.

Olvidemos que Monsanto es uno de los principales responsables del hambre de millones de personas a las que dejaron sin tierras o sin semillas, porque a nosotros no nos importa el hambre de los indios o los somalíes y, de últimas, nuestra prosperidad viene de sus penurias: ellos se hunden con los aumentos de precio de los granos que a nosotros nos salvan.

Y olvidemos los efectos que está teniendo sobre la estructura social y económica de la Argentina el imperio de la soja transgénica –la concentración de las explotaciones agrarias, la expulsión de los pequeños campesinos, la transformación de regiones enteras en desiertos verdes, la probable esterilización de los suelos de buena parte del país– porque, en última instancia, nada de eso va a influir en las elecciones del año que viene sino en las vidas de las próximas generaciones de argentitos.

Pero, aún así, es curioso que la llegada de Monsanto se discuta tan poco. Y creo que no se discute porque los fieles seguidores del gobierno no suelen discutir sus medidas, y lo que nos hemos acostumbrado a llamar “la oposición” –que podría hacerlo– sigue controlada por la derecha. Lo cual le sirve a la derecha y al gobierno: a la derecha para dejar claro que lo que debe suceder tras el fracaso de este gobierno es el retorno de su gente; al gobierno para evitar que le critiquen renuncios como éstos –porque es obvio que ni Clarín ni La Nación ni Macri ni Scioli, aliados naturales de los grandes monopoios, van a hacerlo.

Para eso, en síntesis, sirve la crispación, la división actual de la política argentina: para que dos fracciones del mercado distraigan con ladridos mientras siguen adelante con “un capitalismo en serio”: mientras siguen cuidando los negocios de la Barrick, Walmart, Proctor & Gamble, Cargill.

Para que siga funcionando la agrupación que realmente importa: la unidad de negocios que algunos llaman La Monsanto.


Fuente: Blog de Caparros, http://blogs.elpais.com/pamplinas/2012/ ... anto.html/

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La justicia es la ventaja de los poderosos [¡y en Argentina cada vez más!] - Sócrates.


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 Asunto: Re: Siembra de transgénicos en Argentina = MONSANTO
NotaPublicado: Vie Ago 03, 2012 11:45 am 
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Cristina es conocida por sus periódicas verborreas.

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 Asunto: Re: Siembra de transgénicos en Argentina = MONSANTO
NotaPublicado: Mié Abr 10, 2013 8:46 pm 
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Avaaz.org escribió:
Monsanto vs. la Madre Tierra

Es increíble, pero Monsanto y compañía han vuelto a la carga. Estas voraces empresas biotecnológicas han encontrado la manera de “controlar” un patrimonio natural que nos pertenece a todos: ¡nuestra comida! Están intentando patentar las frutas y verduras que comemos cada día, como el brócoli, los melones o los pepinos, forzando a agricultores de todo el mundo a comprar sus semillas, bajo la amenaza de ser demandados si se niegan.


Pero podemos evitar que compren, pedazo a pedazo, nuestra madre tierra. Empresas como Monsanto han encontrado lagunas en la legislación de la Unión Europea para salirse con la suya. Sólo tenemos que cerrarles dichos agujeros legales antes de que establezcan un peligrosísimo precedente global. Para lograrlo, necesitamos que países como Alemania, Francia y los Países Bajos (donde ya está creciendo la oposición) pidan que se vote por la paralización de los planes de Monsanto. La comunidad de Avaaz ya ha logrado en el pasado que los gobiernos cambien de postura y podemos conseguirlo de nuevo esta vez.

Muchos políticos y agricultores ya se han opuesto a estas patentes, pero necesitamos darles una inyección de poder ciudadano y presionar a estos países para que Monsanto mantenga sus garras lejos de nuestra comida. Firma ahora y comparte la petición con todo el mundo para ayudar a construir el clamor más grande de la historia en defensa de la comida:

http://www.avaaz.org/es/monsanto_vs_mot ... bb&v=23912

Una vez que existe una patente en un país, otros países empiezan a recibir una enorme presión para adoptarla a través de negociaciones y acuerdos comerciales. Por esta razón, patentar alimentos cambia todo el funcionamiento de nuestra cadena alimentaria: durante miles de años los campesinos han podido elegir qué semillas usar para sus cultivos sin preocuparse de ser demandados por violación de derechos de propiedad intelectual. Pero ahora las compañías lanzan acciones legales millonarias para comprar patentes de plantas convencionales y obligan a los agricultores a pagar un exorbitante canon por su uso. Monsanto & co. dice que estas patentes generan innovación, pero lo que están creando es un monopolio corporativo sobre nuestra comida.

Afortunadamente, la Oficina de Patentes Europea está controlada por 38 países miembros que, con un voto, pueden bloquear aquellas patentes que hacen peligrar la comida cultivada a través de métodos convencionales. Incluso el Parlamento Europeo se pronunció al respecto, oponiéndose a estas patentes destructivas. Ahora, una oleada de presión pública podría empujar a prohibirlas de una vez por todas.

La situación ya es dramática. Monsanto es dueña del 36% de las variedades de tomates, el 32% de los pimientos y el 49% de los tipos de coliflor registrados en EE.UU. Con un simple cambio de regulación podríamos proteger nuestra comida, a nuestros agricultores y a todo el planeta del dominio corporativo. Está en nuestras manos hacerlo ya:

http://www.avaaz.org/es/monsanto_vs_mot ... bb&v=23912

La comunidad de Avaaz nunca le ha temido a las grandes corporaciones que pretenden secuestrar nuestras instituciones. Hemos ayudado a frenar la mafia de Rupert Murdoch y también hemos logrado que las grandes compañías de telecomunicaciones dejen Internet en paz. Llegó la hora de defender nuestra cadena alimentaria de esta amenaza corporativa.

Con esperanza y determinación,

Jeremy, Michelle, Oli, Dalia, Pascal, Ricken, Diego y todo el equipo de Avaaz

Más Información:

La OEP aprovecha los vacíos legales para conceder patentes sobre las semillas, vegetales e incluso sobre las cosechas (Conciencia Eco)
http://www.concienciaeco.com/2012/05/23 ... -cosechas/

Monsanto litiga contra un pequeño agricultor que replantó sus semillas (El País)
http://sociedad.elpais.com/sociedad/201 ... 70569.html

¿Patentar la vida? Normas y usos europeos para patentar invenciones biotecnológicas (OEP)
http://www.oepm.es/cs/OEPMSite/contenid ... y_web.html

Monsanto tiene cada vez menos amigos en Europa, siete países se suman al rechazo (Veo Verde)
http://www.veoverde.com/2012/05/monsant ... l-rechazo/

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Traducción al español por Huan Manwë




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