Etiquetas: alojamiento
29/09/2008
06:52:13 pm, por Pablo Edronkin, 1240 palabras
Categorías: TURISMO Y VIAJES, Juegos de azar y de mesa, Alojamiento y hospedaje, Literatura, cuentos e historias, Ciudades y países
Aventureros y viajeros - Visitando Londres y otros parajes en tiempos diversos
Hoy en día, la queja más frecuente que se escucha entre quienes visitan la capital del Reino Unido es el costo de todas las cosas; otras quejas frecuente son la superpoblación de la ciudad por la que es imposible caminar a ciertas horas, y el costo del hospedaje, pero se puede decir que la ciudad es bastante segura... no como en el pasado.
Londres tiene la mayor densidad de cámaras de vigilancia (CCTV) por habitante del mundo, es una ciudad grande, relativamente ordenada y muy interesante para el turista. Y como ocurre en el caso de las grandes ciudades del mundo, muchas veces resulta más económico obtener hospedaje en la periferia que cerca del centro urbano. En una ciudad en la que hasta cuesta una libra esterlina visitar un toilette, la diferencia en el costo del alojamiento puede ser notable.
Pero según relatan las crónicas de viajeros y aventureros de tiempos pasados, las cosas no siempre fueron así: En la época romana, visitar la ciudad era toda una aventura plagada de peligros, principalmente por la presencia de hordas de Britunculi que emboscaban y robaban a los viajeros. Antes de llegar, el viajero ya podía asumir que iba a perder hasta su ropa si no sabía defenderse bien.
Hacia el siglo XVI, los visitantes a la ciudad destacaban dos o tres cosas fundamentalmente: El mal olor, presente en todas partes excepto dentro de las casas dado que allí el aroma del humo de las cocinas lo permeaba todo, y los grupos de personas que asaltaban a los viajeros que entraban en la periferia del centro urbano. En el puente de Londres - el único que existía entonces sobre el Támesis - los viajeros podían pasmarse con las dos o tres docenas de cabezas decapitadas que siempre se colocaban sobre picas para favorecer la educación popular y el civismo.
Para suplir semejantes necesidades decorativas y pedagógicas se realizaban frecuentes ejecuciones - algunas decenas por día - que también constituían atracciones turísticas. En algún que otros caso se trataba de la decapitación de un aristócrata en la que intervenía un auténtico verdugo profesional, de aspecto no muy distinto al de los practicantes de la lucha libre actual.
Pero como en aquel entonces, contratar a una estrella para un espectáculo era costoso, a la gente común se le reservaba un trato más económico: Las ejecuciones eran frecuentemente llevadas a cabo por carniceros de esos que vendían aves y cerdos faenados en las ferias populares, pero que en este caso, subidos a patíbulos construidos a tal efecto por todas partes, tenían que ejecutar a sus víctimas de cierta forma para demostrar su destreza y - presumiblemente - de esa forma pasar de ser aficionados a la liga de los profesionales.
Según el protocolo de ejecución, el cual sembraba interrogantes entre los entusiastas asistentes que pronosticaban y apostaban de qué manera el voluntarioso participante lo llevaría a cabo, a la víctima había que lincharla pero no liquidarla tan rápidamente: Lo ideal era que en sus últimos momentos de agonía pudiera ver de qué manera el verdugo le destripaba y luego quemaba sus intestinos en un brasero también colocado en le lugar de la faena y calentado meticulosamente a tal efecto.
Por supuesto, estos eran actos realizados por buenos cristianos, súbditos de reyes con contrato vitalicio por voluntad divina y avalados por toda serie de ilustres autoridades, y no como esos otros paganos que se habían descubierto de otro lado del océano solamente unas décadas antes y era imprescindible evangelizar porque en vez de cortar cabezas y quemar intestinos se dedicaban a sacrificar gente para sacarles el corazón y quemarlo en braseros instalados también a tal efecto arriba de las pirámides que construían.
Por otra parte lo curioso es que esos infelices paganos de piel oscura y cabellos negros - motivos muy racionales que aún en la actualidad continúan causando discretos escozores entre algunos -, además de construir pirámides tenían ciudades en las que las casas poseían lavatorios e inodoros con agua corriente, y sus ciudades no apestaban tan mal como las ciudades cristianas de la época. Pero por supuesto, después de civilizarlos con armas de fuego muy cristianas, y martillarles la verdad para solucionar la inquietante situación provocada por semejantes atrevimientos civilizatorios que sugería que podían estar algo más desarrollados - o al menos igual - que los cristianos que ya entonces sentían la imperiosa necesidad de ayudar a los pueblos primitivos, fueron diligentemente reeducados y ahora los descendientes de esa gente que sacrificaba gente pero disfrutaba de agua corriente en sus casas ya no sacrifican más, y tampoco tienen agua corriente.
Pero para los visitantes de la comarca londinense, la recomendación más común era no detenerse hasta llegar al relativamente más apacible centro de la ciudad, lo que todavía se encontraba dentro de los restos de las antiguas murallas. Allí, los nobles y comerciantes acaudalados podían darse el lujo de una vida mejor en la que no faltaban manifestaciones de protocolo y ceremonial tales como exigirle a los sirvientes de las mansiones y palacios que no le dieran la espalda a la comida mientras la cocinaban, so pena de ofenderla y transitivamente, ofender a su señor.
Los jugadores y apostadores que se tentaban por una partida en alguna de las tabernas periféricas podían acabar también sin sus ropas, golpeados y embadurnados con el material de las calles que no precisamente tenían empedrado o asfalto, sino que se encontraban cubiertas de un limo húmedo que cuando llovía se tornaba fangoso, constituido por capas de desperdicios humanos que se acumulaban por siglos.
Las pilas de basura y deshechos provenientes de las casas se disolvían en esta materia particular, combinándose para dar un hedor que ningún visitante dejaba de notar. Con el tiempo las autoridades locales empezaron a exigirle a los vecinos que quemaran su basura al menos un par de veces por semana y eso fue cambiando.
Hoy en día el viajero a Londres puede llegar seguro hacia el casco urbano, puede tener la seguridad de que si se detiene a apostar o jugar a los naipes en la región suburbana no lo van a arrojar a los perros, pero de lo que tiene que cuidarse es del centro, porque allí las cosas son tan costosas que va a acabar sintiéndose de manera muy similar a aquellos infortunados viajeros que elegían bajarse del caballo en el lugar equivocado.
Quizás sea más recomendable detenerse en la periferia y apostar el dinero que se lleva encima en vez de pagar un hotel céntrico; al menos existe la posibilidad de obtener algún premio. Finalmente, todos lso hoteles de la zoan actualmente tienen toilettes con agua corriente, así que algún progreso se ha dado, después de todo. 
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