Una apuesta perdedora: El control de precios en los escenarios de supervivencia urbana

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Pablo Edronkin

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Quien tiene que sobrevivir a una economía mal manejada, frecuentemente se encuentra con que tiene que padecer el disparate que es pretender controlar con leyes y decretos algo que se rige por mecanismos naturales, propios de cualquier sociedad.

¿Por qué razón el oro era valioso tanto en el antiguo Egipto, en Teotihuacan, en el reino de Siam como en el mundo en el mundo moderno? Su atractivo y su durabilidad son algunos de los aspectos que hacen que el oro sea buscado, y no por nada se lo conoce como metal noble, pero lo que le da mucho más valor aún es su escasez. Si el oro fuera común como la arena, algún valor indudablemente tendría, pero no el que posee y ha mantenido por milenios.

Si ahora un gobernante de pacotilla de algún país bananero determinara que por decreto el oro vale lo mismo que la arena ¿lo conseguiría? Fuera de su jurisdicción obviamente no, y esto es clave. Si pusiera a una pandilla de gángsters en las calles a golpear y amedrentar a los compradores y vendedores de oro para que hagan sus transacciones a los valores fijados a dedillo ¿lo conseguiría? Lo más probable es que después de acorralar a un par de incautos, el resto de los participantes del mercado pasarían a operar en la clandestinidad - otra forma de describir al mercado negro - a valores incluso más elevados que los normales por el mayor riesgo que implica la presencia tóxica del gobernante y sus secuaces, o bien dejarían de operar casi totalmente, esperando a que la situación cambie y los precios vuelvan a liberarse. La tercer alternativa es que intentarán fugar de la jurisdicción bananera todo el oro que sea posible para comercializarlo o ponerlo a resguardo en otro país.

Cuanto más esotérico resulte un control de precios, un nuevo impuesto elevado, una nueva prohibición, mayor será la tentación para hacer una de esas tres cosas, como dijimos:

Operar en el mercado negro.

Esperar y especular en contra del gobierno.

Fugar los fondos o valores al extranjero.

El Edictum De Pretiis Rerum Venalium de Diocleciano fue un intento por regular y controlar los precios en la economía romana, que por aquel entonces a la par de la decadencia general del imperio, estaba en problemas. Este decreto fjaba los precios máximos para más de un millar de productos y se promulgó en el siglo IV. Para ponderar adecuadamente la efectividad del decreto de control de precios de Diocleciano basta recordar que Roma cayó pocos años después. La inflación que padecían los romanos no se detuvo y los comerciantes dejaron de vender, empezaron a utilizar el trueque o directamente los comercializaron en negro, a precios reales.

Ya desde el siglo IV se sabe que no resulta posible controlar la economía por vía de imposiciones del estado. Resulta sorprendente que casi dos milenios después haya gente que piense que puede existir una economía dirigida.

Cuando estas cosas empiezan a ocurrir, los líderes bananeros y sus más bien iletrados seguidores que no comprenden la dinámica de las cosas empiezan a pretender explicar el fracaso de sus políticas en base a teorías conspirativas y la presencia de supuestos especuladores que, como en una profecía auto cumplida, no tardan en aparecer. En un mercado en el que se introducen distorsiones por decreto, las presiones para volver al equilibrio irán en aumento; en algún momento aparecerán individuos o actores del mercado que empezarán a calcular que en el momento en que esas distorsiones sean finalmente abolidas, podrán hacer un buen negocio. A medida que pasa el tiempo y las distorsiones se acrecientan, el lucro potencial se hará mayor y por lo tanto habrá más interés en doblegar al gobierno o derrocarlo para colocar de alguna manera a algún líder allí que sea más sensible a las demandas del mercado.

Dentro del marco del estudio de la supervivencia urbana podemos decir que el establecimiento de controles de precios garantiza la subsistencia del mercado negro en contraposición al abierto o legal, que es al que más castiga porque contribuye a fomentar el interés especulativo que pretende combatir. Lo interesante de una situación de este tipo es que para el sobreviviente solamente resultará algo más costoso obtener sus alimentos y suministros, pero no imposible. En otras palabras, el control de precios es simplemente una molestia establecida de tanto en tanto por gente que entiende muy poco acerca de cómo funcionan realmente las cosas.

El establecimiento de controles de precios genera en definitiva una dinámica que acaba por envenenar las normas, a la sociedad e incluso al propio gobierno que pretende imponerlos. Una apuesta perdedora, sin duda alguna, que es frecuentemente creada por políticos y líderes que ya han perdido sus apuestas con su país.



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