Supervivencia, flores y polen


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Federico Ferrero

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Las flores y el polen son una excelente alternativa para mejorar nuestra nutrición en condiciones de supervivencia. Obtener alimentos en supervivencia al aire libre no consiste solamente en cazar y pescar, ya que no todas las vitaminas salen de la carne.


Video sobre el polen y las flores como alimentos complementario en supervivencia.

Las flores son casi siempre comestibles y sino, ante la duda, podemos recurrir con ellas a la prueba de comestibilidad. Además, en general, son fáciles de encontrar no solo al aire libre (muchas veces, incluso en condiciones de montaña y de clima extremo), sino incluso en contextos urbanos. Si a esto le sumamos las grandes propiedades nutricionales del polen, vemos que son candidatos a mejorar nuestro menú como supervivientes que no debemos desaprovechar. Según Wikipedia, el polen contiene:

"[...] agua, aminoácidos, proteínas, lípidos, carbohidratos, minerales, vitaminas, enzimas y otros micronutrientes. La composición depende de la especie pero generalmente, además de numerosas vitaminas y aminoácidos, tiene los siguientes valores nutritivos:

- Composición:
Proteína 16-30%
Almidón 1-7 %
Azúcares 0-15 %
Lípidos 3-10 %"

Lo que más nos interesa como supervivientes son sobre todo las vitaminas que aporta, ya que algunas de estas no pueden obtenerse comiendo carne, y sólo podrían aportarla frutas o, precisamente, el polen o las flores. Es decir, podríamos evitar así una avitaminosis, llamada también hipovitaminosis o déficit vitamínico.

Por supuesto, no es práctico recopilar el polen por separado de las flores, hay que comerlas enteras.

Pero mencionamos al polen por una razón: podemos proveernos de polen para nuestro kit de supervivencia, de antemano, ya que se compra en negocios o locales que venden productos de alimentación natural, tales como tiendas naturistas, dietéticas o herbolarios. Recomendamos ver el video que acompaña a este artículo, que hicimos para ilustrar este tema.

En una situación de supervivencia a corto plazo (menos de 3 días a 1 semana) es posible sobrevivir sin comer demasiado. Siempre dependiendo, claro, de las exigencias físicas que tengamos, de nuestro estado de salud y condiciones psicofísicas. Pero en condiciones normales sería posible sobrevivir 1 semana o más sin comer si tenemos agua. Deberemos igualmente entonces contar ocn las fuerzas como para autoevacuarnos y/o procurarnos refugio. Aquí es donde entra el polen y las flores: algunos dicen que, añadiendo sus nutrientes al agua que tomemos, podemos suplir esa falta de vitaminas y minerales que necesariamente tendremos de solo consumir agua, evitando debilitarnos.

En cambio, en una situación de supervivencia a largo plazo (más de 1 semana, meses) donde la ausesncia de rescate y la imposibilidad de una evacuación rápida por la lejanía a la civilización nos obliguen a permanecer por un tiempo considerable aislados, una dieta variada será imprescindible para evitar un debilitamiento progresivo del organismo, y el surgimiento de enfermedades como el escorbuto.

El escorbuto, una enfermedad actualmente poco normal, se deba mucho entre los marineros que hacían grandes viajes alimentándose solamente a base de galletas, legumbres, pan, pescado y carne seca o ahumada o salada, etc., pero que no llevaban alimentos frescos como fruta y verdura que tuvieran vitamina C (ácido ascórbico), ya que no tenían forma de conservarlos en las largas travesías.

Al principio no se relacionaba este hecho con los síntomas que sufrían los hombres de mar: pérdida de cabello y hemorragias capilares, articulares y en otras partes del cuerpo, incluyendo en encías con aflojamiento de dientes, mala cicatrización de heridas que devienen en icterícia, edemas y fiebre que puede acarrear finalmente una muerte súbita, tras un estado de shock y convulsiones. Finalmente se descubrió que todo dependía de mejorar la dieta. Así, algunos dicen que la rosa mosqueta (Rosa englanteria o Rosa rubiginosa, pariente de la rosa canina), planta actualmente invasora o exótica de la Patagonia, fue traída por marineros europeos que se proveían de su fruto, precisamente, para contar con una reserva de vitamina C y otras, propias de los cítricos como este, evitando así la degradación de sus salud en los largos viajes de exploración cruzando el océano.



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