Defensa personal: un caso real (II)


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Federico Ferrero

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Estaba claro que lo que sucedió era injusto. Sin embargo, la defensa personal no es para los héroes. Lo que yo pensé en ese momento es lo siguiente, en este orden:

- Los dos kinkis se merecen una golpiza por ser una lacra social, y yo se las daría con gusto. Incluso podría servirme de entrenamiento real.

- Son dos, yo soy uno. Si me meto, nadie se va a meter para ayudarme.

- Estoy acompañando a una dama (viajaba acompañado). Si me meto, ella puede resultar herida, y no sólo tendría que probablemente pelear con ellos para evitar que le pegaran al inmigrante, sino que también defender a la chica que iba conmigo. Su cobardía al atacar a una persona en inferioridad de condiciones, porque ellos parecían ir drogados con algún tipo de estimulante, y los inmigrantes borrachos sin poder reaccionar a los golpes, me hacían suponer que no tendrían escrúpulos en pegarle a una mujer.

- Si, pese a todo lo anterior, me meto en la pelea, tendría que lastimarlos gravemente o dejarlos inconscientes rápidamente, porque sino se pondrían muy violentos y las cosas podrían ir a mayores, implicando al resto del vagón atestado (aunque la gente, muy prudentemente, se apartó de la escena durante los breves momentos de lucha). Además, debería ser rápido porque me tenía que bajar en la siguiente estación. Si no lo hiciera así, las cosas se iban a complicar ¿me seguirían? ¿cuáles serían las consecuencias?.

¿Por qué opté entonces? Por quedarme donde estaba, aunque fuera cerca de la pelea, entre esta y la chica que acompañaba, y atento por si estos personajes se percataban de la existencia de nosotros y el resto de las personas (parecía como si estuvieran ellos sólos y los inmigrantes a los que golpeaban, tenían fija la vista en ellos) e intentaban pegarnos o hacer alguna otra estupidez. Internamente pensaba, "ojalá me dieran una excusa para defenderme y darles una paliza..." Realmente me tuve que contener, porque pensaba "...se merecen que los maten o los dejaran tontos a golpes, pero no me conviene meterme, no me conviene...", incluso se lo dije en vos alta a mi acompañante. Si hubiera estado sólo quizás la balanzas se hubiera inclinado por la "justicia", pero incluso así hubiera dudado teniendo en cuenta las circunstancias...

Después de que todo pasó, también pensé en otra cosa: en el metro hay cámaras, si todo que da filmado, podrían incluso denunciarme...ya saben, la justicia a pie de calle no es igual que la justicia de los tribunales...a tener en cuenta para la próxima.

Cuando se trata de defenderse de una golpiza, las cosas suelen desarrollarse muy rápido, pero sin embargo es necesario tomar decisiones que pueden ser determinantes para salir con buen pie. Esta decisiones pueden ser tomadas correctamente por mero instinto de supervivencia (miedo, por ejemplo) o ser el resultado de una rápida elección basada en conocimientos de defensa personal, o incluso de sentido común racional, tras evaluar el escenarios de los hechos. Decisiones erróneas se pueden tomar por orgullo, afán de protagonismo o machismo mal entendido.

Visto "desde afuera" (es decir, no subjetivamente, desde el que tomó la decisión) el resultado final, la actuación del (llamémosle) "miedoso" (los que no se implicaron por simple cobardía) y el "prudente" (los que no lo hacen porque sopesan el mayor costo por sobre las ganancias potenciales), pueden ser iguales.

Pero el primero, el miedoso, no estuvo realmente al mando de la situación, ya que realmente la manejaban sus instintos (salir corriendo, no contestar a los golpes, no intervenir, etc.); mientras que el segundo, relegó sus instintos a un segundo plano, para pensar fríamente si estos le indicaban lo correcto, o incluso (mejor aún) basó su reacción fría en ciertos "reflejos condicionados" ante situaciones de amenaza a su persona, fruto del entrenamiento en artes marciales o defensa personal. Si el resultado del análisis racional de la situación de defensa personal de este último coincide a veces con el reflejo instintivo del primero, es mera coincidencia. La misma casualidad que hace que una persona corra presa del pánico dentro de una manada, y otra corra sabiendo porqué lo hace, hacia donde correr, y cuándo y dónde dejar de hacerlo.

El resultado puede ser el mismo, el considerarlo correcto, fruto de la sabiduría y la experiencia, o simplemente de la suerte. Y, lamentablemente, en defensa personal, no pueden dejarse las cosas libradas a la suerte, que no siempre será buena...



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