Ecoreligión, impuestos y cambio climático

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Pablo Edronkin

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¿Continuaremos una discusión bizantina o pensaremos de aquí a mil años?

¿Hasta cuando se va a seguir discutiendo lo que ya pasa de ser algo obvio en materia de cambio climático? ¿Vamos a permanecer siendo testigos de nuestra propia catástrofe?

Necesitamos que la conciencia sobre este problema se transforme en algo tan firme como una creencia religiosa para que exista algo más fuerte y que puede contrarrestar culturalmente a la mezcla de política e intereses económicos. Es decir, hace falta una eco religión o "ecoreligión".

No importa si uno cree en Dios según el punto de vista cristiano, judío, musulmán o cualquier otro, o si no cree en ninguno. El paraíso está muy bien, pero aquí también podemos pasarla de maravillas si ordenamos un poco las cosas.

Sin un mundo en el cual habitar no hay religión que valga, y tampoco lugar para los que no creen en cuestiones religiosas. No hay política que valga y tampoco hay economía que valga. La prioridad en todo juicio la debe tener todo aquello cuya perdida sería irreparable. No podemos construir u obtener otro, al menos por ahora, así que tenemos que cuidar el único que tenemos

Sin la Tierra, no hay nada, y no somos nada. Todavía no podemos viajar a otros sistemas solares para poblar otras Tierras, y el día que lo hagamos, no podemos viajar hasta allí con la intención de dilapidar esos mundos.

Es necesario que nuestra actitud frente al mundo que nos rodea se equipare con las posibilidades tecnológicas que hemos desarrollado para modificarlo, del mismo modo que la existencia de un bisturí puede resultar algo temible o loable para salvar vidas, según esté en manos de un chimpancé o un cirujano.

Con nuestra forma de ser, en tanto y cuanto hemos evolucionado como especie y sociedad, no alcanza para cuidar nuestro mundo, y lo vemos todos los días: el mundo se está sobrecalentando, lo sabemos, y no hacemos lo suficiente al respecto. Si lo hiciéramos, la tendencia ya se hubiera revertido. El problema está en nuestra actitud, no en nuestro conocimiento.

Es un comportamiento suicida, ignorante, como si al detectar que uno tiene una enfermedad y tiene que tomar una cantidad determinada de antibióticos, eligiera hacerlo pero con una dosis mucho menor, o como construir un techo de menor superficie para la propia casa sabiendo que habrá tormentas.

Pero no es ignorancia técnica; sabemos bien lo que está pasando. Nuestra ignorancia es de otro tipo. Es la ignorancia acerca de la necesidad de pensar en el largo plazo, el buscar el beneficio inmediato, el lleve hoy y pague después. Esta forma actual ha sobrepasado a la ignorancia que teníamos antes, la científica y tecnológica, que nos impedía saber lo que está sucediendo. La que tenemos ahora nos impide hacer algo al respecto.

La ciencia, la espiritualidad, la filosofía y otros sistemas de pensamiento nos dicen de todas las formas posibles que hay que hacer algo, pero lo superficial puede más, sin pensar que si no hacemos nada, hasta perderemos en lo superficial que tanto parece importar.

Por lo tanto, cuidar a nuestro planeta tiene prioridad por sobre todo lo demás. Es un concepto tan importante en la práctica como la sola concepción del bien y el mal, de la religión o del origen del hombre y la mujer. Y una de las cosas contra las que tendremos que luchar es la inercia de nuestra actual ignorancia.

En semanas recientes hemos visto frío polar en regiones que no hace tanto fueron devastadas por el huracán Katrina. También hemos visto tremendas inundaciones en Venezuela y Brasil. El NOAA de Estados Unidos ha dicho que los años 2005 y 2010 han sido los más calurosos de los que se tiene noticia, y contamos con un sinnúmero de justificaciones, evidencia y confirmaciones que señalan que el cambio es real.

Existe conciencia global sobre el cambio climático pero pareciera que la decisión o el acuerdo tácito de los gobiernos es combatirlo de forma similar a lo que se hace con la adicción al tabaco: muy lentamente, sin que ello represente problemas para el fisco, porque no debe caber duda alguna de que hacer algo para paliar este problema tiene consecuencias fiscales para los estados. No sea cosa que repentinamente se encuentren sin dinero para continuar con sus carreras políticas. Y esos son los políticos que votamos, o sea que a nosotros tampoco parece importarnos demasiado la cuestión. A ellos les da lo mismo pelear o no contra el cambio climático; lo que no quieren es perder dinero.

Es cierto que los cambios deben hacerse gradualmente para evitar daños colaterales, pero también es cierto que se deben hacer a tiempo. De nada sirve curar lentamente un paciente para que se sienta mejor, si vamos a tardar tanto en hacerlo que se morirá antes de que terminemos el trabajo.

Si evaluamos el asunto en base a los resultados que obtenemos en materia de conservación planetaria, solamente estamos pagando impuestos para mantener a políticos y sistemas burocráticos de muy corta visión, que se reúnen en costosísimas convenciones internacionales para estar de acuerdo en que no están de acuerdo, y ni siquiera tenemos derecho a queja porque ellos están en sus asientos porque nosotros lo queremos. El cambio no va a empezar nunca por los líderes porque al ser parte ellos de un sistema en el que ya hay intereses creados, aún honestos, existe una tendencia muy importante a mantener las cosas como están.

El cambio tiene que provenir de la gente, de lo cultural, de las élites pensantes, y eso requiere de un arraigo mucho mayor que el de las ideas políticas: hace falta que el deseo de cuidar y curar al mundo sea tan profundo como la religión misma. Ningún sistema político ha podido vencer a la religión: por caso, el comunismo intentó reemplazarla con su propia forma de espiritualidad socialista, y fracasó. Hitler intentó borrar del mapa a los judíos, y fracasó también.

Por lo tanto, en vez de tratar de desplazar a la religión, sería mejor tratar de complementarla, de ampliar los horizontes de todas las religiones buscando un denominador común, que es tan obvio, que resulta sorprendente que las ideas religiosas se hayan usado para separar a la gente en vez de unirla bajo el mismo precepto: sin nuestra casa, que es la Tierra, no hay religión para disfrutar.

Entonces cabe pensar que de transformarse la ecología en una cuestión del mismo grado de profundidad espiritual que la religión, no habrá intereses de ninguna clase que puedan colocarse por delante de ella, y por lo tanto, por los intereses del propio planeta como sistema. Por eso es que decimos que debe existir una ecoreligión, no para adorar a ningún santo, mártir, mago o héroe, para hacer procesiones, peregrinaciones o penitencias, sino para simplemente preservar nuestra casa.

Nunca estará de más pensar con mil años de anticipación; las grandes cosas de la humanidad se construyen pensando de antemano (ver The Skowronek Bankers), mientras que los grandes eventos destructivos se producen rápidamente. Lleva mucho hacer crecer un árbol, pero poco talarlo. Construir un mundo mejor, pensar en cómo hacer algo positivo, es hacer crecer árboles; hacer política de intereses creados es talar bosques. No le pediríamos a un grupo de taladores que planten un bosque mientras están derribando árboles.

Matar a alguien tiene el costo de una bala y lleva el tiempo que implica tirar del gatillo. Darle vida a alguien y lograr que se eduque y llegue a la adultez, lleva décadas. Y lo que hacemos con el mundo, nuestras políticas e intereses, se asemejan más a tirar del gatillo que a dar vida.

Consideraciones prácticas hacen que los estados sean una necesidad, pero son un mal necesario, y no algo por lo cual tenemos que enorgullecernos, del mismo modo que el inodoro que hay en el toilette de la casa de cada uno no se menciona para presumir en público Es decir, desde el punto de vista ecoreligioso, y sin descartarlos completamente, se puede decir que los estados y los gobiernos deben entenderse como algo que debe ser mantenido a raya y en su menor dimensión posible, con el menor poder sobre sus ciudadanos, incluyendo el cobro de impuestos.

Es absurdo e injusto que los gobiernos pretendan quitarle a la gente una porción mayor de sus ingresos que la que normalmente se destina al pago de una hipoteca, la alimentación de los hijos o el ahorro para el futuro. En la actualidad los gobiernos alrededor del mundo pretenden quitarle a sus ciudadanos alrededor de la mitad de lo que ganan, pero deberían conformarse con no más de un quince por ciento.

Esa avidez por el dinero de los contribuyentes es la misma que lleva a los gobiernos a apoyar actividades económicas que destruyen el planeta. La mejor forma de combatirla es tornando al estado, a los gobiernos, en otra cosa, y colocándoles límites. Para eso se les debe quitar de una vez y para siempre la facultad de cobrar tantos impuestos como se les ocurre. Solamente hay que recordar que en tiempos medievales los siervos de la gleba debían pagar el treinta por ciento de sus ingresos en concepto de impuestos. Ahora usted paga más y por lo tanto, está peor que sus antepasados.

Si no hacemos algo distinto las futuras generaciones van a lamentar la destructiva estrechez de visión de nuestra sociedad que vota a líderes cuya única preocupación es mantener en orden las cuentas fiscales, sin entender que si no se mantienen en orden las cuentas del equilibrio ambiental de nuestro planeta, no va a haber fisco que alcance para reparar el daño que sobrevendrá. Tenemos que aprender a desarrollar nuestra ciencia y tecnología, nuestra organización política y nuestro liderazgo en armonía con el mundo.

Esa frase que sostiene que no hay nada seguro, excepto la muerte y los impuestos, es simplemente una estupidez, un horror filosófico y de prioridades, una blasfemia, se la mire por donde se la mire, pues al pretender encaramar a los impuestos y al estado al nivel de la muerte, que es un designio de Dios o la naturaleza, según lo que se elija creer, se pretende darle prioridad a construcciones humanas como son la política y el dinero por encima de la propia naturaleza, y jamás algo necesario en lo administrativo que ha evolucionado a lo largo de la historia de nuestra civilización puede tener más importancia o trascendencia que un mundo que lleva cinco mil millones de años cambiando por su propia energía vital.

Respecto de que la muerte es segura, basta recordar que Sócrates hizo una demostración de la inmortalidad del alma para entender que la cosa no es como esa frase os pretende mostrar, y respecto de los impuestos, bueno, el planeta Tierra sobrevivió por miles de millones de años sin ellos, así que sin restarles totalmente importancia, creo que es hora de dejar de entender a los estados, la política y el poder como fines en sí mismos y virar las cabezas hacia otra parte, porque lo más importante no es quienes somos de acuerdo a las definiciones de nacionalismo, religión, idioma o las leyes, sino el lugar donde estamos, porque sin ese lugar, no hay nada más.

El planeta Tierra puede prescindir de reyes y de sus impuestos; los reyes y sus impuestos no pueden prescindir del planeta Tierra. La política nunca puede colocarse por delante o incluso a la par del medio ambiente porque es algo ilógico.

Somos los responsables por el planeta porque nos convertimos en la especie pensante y dominante de la Tierra; en cierta forma, somos la conciencia y la expresión racional de la naturaleza, y así como en un cerebro humano se dice que existe locura cuando las acciones conscientes del individuo son contrarias a su instinto de preservación, existe un grado de locura en la parte de la naturaleza que representamos nosotros, pues estamos haciendo cosas que van en contra de nuestra propia casa.

Tenemos que acostumbrarnos a preservar, a ahorrar, a hacer crecer, a pensar en el muy largo plazo: si realmente pensáramos de aquí a mil años, quienes nos precedan dentro de diez siglos van a beneficiarse de nuestro intento de ser sabios y estarán en una mejor posición que la nuestra para pensar a mil años vista más, de modo que quienes los precedan dentro de dos mil años, obtengan aún mayores ventajas y sabiduría.

Puede parecer exagerado pretender pensar mil años hacia adelante, pero la iglesia católica y el judaísmo lo han hecho y lo hacen, y se han preservado por milenios. Hay familias que descienden del propio rey David porque mantienen todavía la promesa escrita en el Salmo 89 del Antiguo Testamento (ver Outcasting Those Unsuitably Married); eso es lo que hay que hacer, imitar ese modelo de perseverancia en las ideas, hacerse ecoreligiosos y mantener esos principios de aquí en más, en vez de dejarse guiar por las noticias banales de gente que se ha hecho cirugía estética, o de políticos que nos hablan de campañas electorales desde cómodas sillas en la playa en la que veranean.

Y hacerlo a partir de hoy no significa necesariamente desprenderse de todo beneficio personal: si se colocara en un cofre una cantidad de monedas de oro y se dejara eso guardado para dentro de un milenio, quienes lo reciban tendrán el valor del oro, que será mayor que hoy, y también el valor de una reliquia histórica. Ese cofre valdrá mucho más que ahora.

Pero quien ahorre esas monedas de oro y las coloque en su cofre para que queden para la posteridad no perderá por eso, sino lo contrario: conservará el oro toda su vida y además habrá adquirido tres hábitos muy importantes: ahorrar, mantener la palabra empeñada y pensar en el largo plazo.

Es decir, pensar en el largo plazo nos hace mejores personas. Pensar en el muy largo plazo, en mejores personas aún, porque cuanto mayor sea el término, mayor la capacidad de abstracción, mayor el análisis, la generosidad y la previsión necesarios. Todas esas son cualidades favorables en cualquier ser humano, y son necesarias para ser un auténtico ecoreligioso.

Además, el hecho de ahorrar y pensar en mil años es la mejor forma de combatir la pobreza, que es una de las causas de los malos procesos de industrialización y trabajo, de la codicia y de las ideologías. La gente es pobre por numerosas razones que se pueden resumir en ignorancia de ellos y de sus líderes.

La ignorancia no se puede resolver de la noche a la mañana, pero si se cambian las actitudes fundamentales del ignorante, con el tiempo se abandonará la ignorancia y consecuentemente, la pobreza, y al no haber pobreza, la gente tendrá más tiempo para pensar en otras cosas mejores que obtener su sustento a cualquier precio.

Adoptar la actitud del ahorro y la perseverancia son fundamentales para combatir la ignorancia.



Si no podemos entender la importancia de esto en la Tierra, no podremos evitar la destrucción de otros mundos.




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