P. Edronkin

Prefiero el juicio de Zurvan que el de un irrespetable juez



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Una de las cosas que creo que hay que lograr para que la humanidad progrese es quitarle importancia al concepto de la justicia en manos del estado.

La justicia en sí, como poder del estado, no es más que un ejercicio retórico destinado a controlar, pero no a resarcir, devolver o producir; ni siquiera se puede decir que es un ejercicio de belleza intelectual. No hay poemas en la justicia, no hay mitos ni historias heroicas; se trata solamente de abogados que cobran por hora para decirnos lo que la naturaleza nos viene diciendo desde el proterozioico: que siempre gana el más fuerte.

Lo que sí logra la justicia - y la lo decía Sócrates - es que los poderosos tengan la ventaja, pero para el individuo común, para el ser humano, es nada más que algo con lo que si uno es realmente afortunado, no tiene que toparse nunca en la vida. Quien crea que la justicia es algo acerca de la justicia, evidentemente cree en el ideal, pero no ve adecuadamente la realidad: yo provengo de una familia de banqueros. La principal causa de muerte en mi familia durante el siglo XX fue el asesinato. La inmensa mayoría de los integrantes de mi familia fueron asesinados por los soviéticos y los nazis (ver The Skowronek Bankers). Por supuesto, también sus bienes fueron saqueados, expropiados, robados o destruídos. La justicia de ningún país nos devolvió nada, aún a sabiendas de que incluso tenemos documentación escritural que prueba nuestors títulos de propiedad; lo que recuperamos es lo que pudimos obtener por nuestros propios medios, y en muchos casos a pesar de los gobiernos, las leyes y los sistemas de justicia que, por temor a que los estados perdieran propiedades de muy alto valor, se niegan a efectuar restituciones en todas las ocasiones en las que les resulte posible (ver Robbery and Restitution). Por supuesto, consideramos que a causa de ello no le debemos nada a ningún país.

La diferencia fundamental entre la ética de la ley y la ética de la religión es que la primera implica un gasto económico, mientras que la segunda no. Los abogados cobran dinero, mientras que los religiosos puede que lo reciban en calidad de donación, pero nadie asume que el párroco, rabino o imán nos cobrarán cientos de pesos, dólares o euros por escucharnos por unos minutos. Y esto es algo que se viene repitiendo desde hace siglos y nunca ha cambiado; por lo tanto, no se puede esperar que vaya a cambiar en el futuro.

Estos auto titulados intérpretes de la verdad - auténticos fariseos modernos - pretenden hacer que la humanidad crea que como auténticos daemones, los necesitamos para dilucidar lo que es verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto; pero hay un hecho incontrastable y es que para las religiones del arquetipo monoteísta, es decir, el Islam, el cristianismo y el judaísmo, los diez mandamientos del Antiguo Testamento, de miles de años de antigüedad, son tanto o más válidos que todos los tratados de derecho publicados desde entonces con su característico lenguaje alquimista.

La verdad es que la verdad no necesita ni de intérpretes ni de pagos para ser auténtica, y por lo tanto, el sistema de derecho que creemos imprescindible no solamente no sirve sino que nos parasita día a día y constituye una aberración de la naturaleza humana.

Y ni siquiera podes decir que la ley, el sistema judicial o su pretendida ética sean algo hermoso para recordar, sino más bien pensar en ellos es como comer un budín de arena. Y las cosas sin belleza no tienen sentido. Por eso, para tener un sentido de justicia yo prefiero recordar los funerales de la antigua Sarmatia, para cuyos habitantes el alma del difunto viajaba siempre al país de Narn, y antes de entrar debía atravesar el Shinvat peretu o puente del demandante, donde debía responder por sus actos pasados.

Si el alma no podía dar explicaciones, entonces el puente se estrechaba como el filo de una espada y el juzgado por Zurvan, el dios del tiempo y del destino, caía en el Hamestagan, una especie de purgatorio donde debía permanecer hasta redimirse.

No podría ser más simple, y no le voy a cobrar dinero a usted por decírselo.




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