P. Edronkin

Las caras de la religión



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Hace un par de días estaba haciendo zapping con mi televisor y tuve oportunidad de ver en dos canales contiguos en cuanto a la numeración dos imágenes muy reveladoras que definían al cristianismo y al islam de hoy en día, al menos en su faceta pública y perceptible. Por un lado tenía al Papa Benedicto XVI hablando sobre la situación de la juventud en el mundo moderno, y por otro tenía al líder del grupo Hezbollah, el Sr. Nasrallah - él mismo presentándose como un clérigo y hombre de fe -, hablando sobre que los musulmanes del norte de Israel deberían abandonar la zona para - según él - no mancharse de sangre, en relación con los cohetes que el grupo terrorista que él dirige estaba lanzando desde el Líbano.

Y esto me hizo pensar en una realidad: actualmente el planeta sufre los embates de algo que se ha dado en llamar como fascismo islámico, y como consecuencia de la percepción que el público en general tiene del islam, incluso están apareciendo casos de discriminación en occidente en contra de los musulmanes. En otras palabras, la gente desconfía del mundo islámico cada vez más como consecuencia de la acción de los terroristas que suscriben a esa ideología. Y también me puse a recordar que en los últimos años solamente he visto dos apariciones públicas de clérigos musulmanes en las que el tema del que trataban no tenía nada de violento. El medio oriente siempre ha sido una región violenta en el mundo: desde la época de gloria de los asirios, allí suceden hechos desagradables. Pero pareciera - o se puede percibir así - que el Islam se está contaminando de ese espíritu nefasto y promoviendo una expansión global por medios violentos.

Otra cosa que parece ser bastante común es que cualquier crítica respecto de esto es retrucada por el mundo islámico con protestas, amenazas y argumentos cruzados de todo tipo, sin un mínimo de autocrítica. El resto del mundo parece funcionar en otra sintonía, y dos ejemplos parecen probarlo: cuando un periódico publicó en Dinamarca unas caricaturas que fueron consideradas ofensivas por el mundo musulmán, se produjeron violentas manifestaciones, quema de banderas, hubo muertos y varios fanáticos amenazaron las vidas de los dibujantes y los editores del periódico: estas personas ya no podrán caminar seguros por las calles por el resto de sus vidas, y quizás sea bueno recordar también lo que sucede en le caso del autor de 'Los versos satánicos'.

Por el otro lado, unos años antes de esto, el Papa Juan Pablo II sufrió un atentado contra su vida de mano de un fiel musulmán, y entre los cristianos a nadie se le ocurrió quemar banderas de países árabes, acusar al Islam de nada, amenazar a personas, ni nada por el estilo.

Ninguna religión en el mundo propugna la violencia, pero el mundo musulmán está adoleciendo hoy en día de una enfermedad social que el cristianismo también padeció en su momento, durante la edad media, y que consiste en que personas muy violentas secuestran para sus propios fines los ideales de las creencias religiosas. Al cabo de unos años, la consecuencia de todo esto es que para el observador casual o poco informado, se asocia como sinónimos al nombre de esa religión con la violencia, y eso es terrible puesto solamente puede conducir a un mayor distanciamiento cultural y más violencia.

En esta situación se habla mucho acerca de erradicar las causas de dicha violencia, y se ha adoptado prácticamente como un cliqué el asumir o dar por sentado que son las acciones de occidente, incluyendo a Israel, las que generan esas conductas: pero al analizar las supuestas causas de dichos brotes de violencia, guerrilla y terrorismo y comparar su evolución con eventos similares en otras culturas, se puede apreciar que en el caso del Islam la violencia llega mucho más temprano, o que la gente suele reaccionar de manera más violenta frente a los problemas. Es decir, para ser totalmente francos en el mundo islámico también se deberían buscar las causas de semejante conducta.

Y en particular, son la religiones las que deben dar el ejemplo; el mundo islámico como entidad religiosa y cultural de escala global es inevitablemente visto con los ojos de los telespectadores que miran y escuchan lo que las personas influyentes dicen en las entrevistas, y si los únicos clérigos musulmanes que conocen son los que repiten una y otra vez palabras jactanciosas y llenas de sangre, esa es la idea que queda en la opinión pública. Creo que el mundo, y particularmente una religión como el Islam, merecen algo mejor y es responsabilidad de sus propios líderes no pasar a la historia de otra manera: para ello deberían convencer a la audiencia de una manera creíble, que los valores del Islam no son la destrucción y violencia.

En otras palabras, el mundo debe ver de manera palpable que los líderes islámicos abjuran de la violencia de forma creíble y sin excusas; eso sería liderar dando el ejemplo y contribuiría enormemente para asegurar el bienestar de muslmanes, judíos, cristianos y gente de todo tipo de confesiones y creencias. De lo contrario, ambas palabras, violencia e Islam van a quedar lamentablemente asociadas para siempre.




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