Fidel Castro Ruz

Discurso por el aniversario 30 de la Misión Militar cubana en Angola y el aniversario 49 del desembarco del Granma, Día de las FAR (VII).

Por Fidel Castro Ruz, presidente de Cuba.

(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado de Cuba)


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Las contundentes victorias en Cuito Cuanavale, y sobre todo el avance fulminante de la potente agrupación de tropas cubanas en el suroeste de Angola, pusieron punto final a la agresión militar extranjera. El enemigo tuvo que tragarse su habitual prepotencia y sentarse a la mesa de conversaciones.

Las negociaciones culminaron con los Acuerdos de Paz para el Suroeste de África, firmados por Sudáfrica, Angola y Cuba en la sede de la ONU en diciembre de 1988. Se les llamó cuatripartitas, porque en ellas participábamos de un lado de la mesa angolanos y cubanos y del opuesto los sudafricanos. Estados Unidos ocupaba el tercer lado de la mesa ya que fungía como mediador. En realidad, Estados Unidos era juez y parte, era un aliado del régimen del apartheid, le correspondía sentarse junto a los sudafricanos.

El jefe de los negociadores norteamericanos, subsecretario de Estado Chester Crocker, durante años se opuso a que Cuba participara. Ante la gravedad de la situación militar para los agresores sudafricanos, no le quedó más remedio que aceptar nuestra presencia. En un libro de su autoría sobre el tema fue realista cuando, refiriéndose a la entrada en la sala de reunión de los representantes de Cuba, escribió: "la negociación estaba a punto de cambiar para siempre."

El personero de la administración Reagan sabía bien que con Cuba en la mesa de negociaciones no prosperarían la burda maniobra, el chantaje, la intimidación ni la mentira.

Esta vez no sucedió lo que en París en 1898, cuando norteamericanos y españoles negociaron la paz sin que estuviera presente la representación de Cuba, el Ejército Libertador y el gobierno de Cuba en armas.

Esta vez estarían presentes las FAR y la representación legítima del Gobierno Revolucionario de Cuba, junto al gobierno de Angola

La misión internacionalista estaba cabalmente cumplida. Nuestros combatientes iniciaron el regreso a la patria con la frente en alto, trayendo consigo únicamente la amistad del pueblo angolano, las armas con que combatieron con modestia y valor a miles de kilómetros de su patria, la satisfacción del deber cumplido y los restos gloriosos de nuestros hermanos caídos.

Su aporte resultó decisivo para consolidar la independencia de Angola y alcanzar la de Namibia. Fue además una contribución significativa a la liberación de Zimbabwe y la desaparición del odioso régimen del apartheid en Sudáfrica.

Pocas veces en la historia, una guerra, la acción humana más terrible, desgarradora y difícil, ha estado acompañada de tal grado de humanismo y modestia por parte de los vencedores, pese a la falta casi absoluta de esos valores en las filas de los finalmente derrotados. La solidez de principios y la pureza de los propósitos explican la transparencia más absoluta en cada acción realizada por nuestros combatientes internacionalistas.


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