Fidel Castro Ruz

Discurso sobre el aniversario 45 del triunfo de la Revolución Cubana (IV).

Por Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado de Cuba)


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Debo darle razón a Marx cuando esbozó la idea de que cuando existiera sobre la Tierra un régimen social verdaderamente racional, justo y equitativo, el ser humano habría salido de la prehistoria.

Si todo el desenvolvimiento de la sociedad humana ha sido inevitablemente caótico, desordenado, imprevisible y sumamente cruel e injusto, la lucha por crear otro mundo diferente, verdaderamente racional, digno de la inteligencia de nuestra especie, constituye en este momento de su historia, que en nada se parece a cualquier otra etapa previa de la humanidad, algo que no era posible y ni siquiera imaginable en otras circunstancias: un intento de que los seres humanos por primera vez programen su propio destino. Soñar con cosas imposibles se llama utopía; luchar por objetivos no solo alcanzables, sino imprescindibles para la supervivencia de la especie, se llama realismo.

Sería erróneo suponer que tal objetivo obedecería simplemente a una motivación ideológica. Se trata de algo que va más allá de nobles y muy justificables sentimientos de justicia y profundos deseos de que todos los seres humanos puedan alcanzar una vida digna y libre; se trata de la supervivencia de la especie.

La gran diferencia entre la época de Grecia y la actual no está en la capacidad intelectual de nuestra especie; está en el avance exponencial y aparentemente infinito del desarrollo de la ciencia y la tecnología que ha tenido lugar en los últimos 150 años, que supera por completo la exigua y ridícula capacidad política demostrada para enfrentar los riesgos de perecer como especie que realmente la amenazan.

Hace menos de 60 años se hizo evidente, al estallar sobre Hiroshima el primer artefacto nuclear equivalente a 20 mil toneladas de TNT, que la tecnología había creado un instrumento cuyo desarrollo podría poner fin a la existencia de la vida humana sobre el planeta. Desde entonces no ha parado un solo día el desarrollo de nuevas y hasta cientos de veces más poderosas, variadas y certeras armas y sistemas de este carácter. Hoy existen decenas de miles de ellas, solo muy pocas han sido eliminadas en virtud de engañosos y limitados acuerdos.

Un reducido grupo de países de los que monopolizan tales armas se arrogan el derecho exclusivo de producirlas y mejorarlas. Las contradicciones e intereses de sus miembros sufren cambios, y la humanidad se desenvuelve bajo un tinglado de armas nucleares que amenaza su existencia. Alguien podría afirmar algo parecido a lo que aquel emperador persa exclamó al aproximarse con un enorme ejército a los 300 espartanos que defendían el paso de las Termópilas: "Nuestros misiles nucleares oscurecerán el Sol."


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