El Gea

Discurso en la clausura del V Encuentro sobre Globalización y Problemas del Desarrollo (V).

Por Fidel Castro Ruz, presidente de Cuba.

(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado de Cuba)


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Nadie podía imaginarse cuán colosal especulación se desataría después con la compraventa de monedas, que hoy asciende a cifras siderales de transacciones que superan el millón de millones de dólares cada día.

Por la credibilidad adquirida, el hábito de usar el dólar como instrumento de cambio aceptado por todos, el enorme poder económico del país que lo emitía, y la ausencia de otro instrumento, el dólar continuó ejerciendo su papel.

De ese privilegio no gozaban ni podían gozar los países latinoamericanos y otros del Tercer Mundo. Nuestras monedas son simples papeles en el mercado internacional. Su valor se limita a la cantidad de reservas en moneda externa, fundamentalmente dólares, con que cuente el país. Ninguna moneda nacional en los países de América Latina y el Caribe es ni puede ser estable. Su valor real puede equivaler hoy a 100, y en cuestión de meses, semanas o días, en dependencia de factores externos o internos, puede ser 50, 40, o el 10 por ciento del valor que tenían. Lo ocurrido con el idílico, utópico y folklórico intento en Argentina de mantener la paridad entre el peso y el dólar, terminó, como era lógico, en desastre; otro tanto ocurrió entre el real y el dólar. Países como Ecuador terminaron lanzando su moneda al basurero, adoptando el dólar directamente como única moneda de circulación interna.

En México, como norma, cada seis años el cambio de gobierno producía una fuerte devaluación que reducía considerablemente el valor de su moneda. Brasil, a raíz del último ataque especulativo y la crisis de 1998, perdió en apenas ocho semanas los casi 40 mil millones de dólares que había obtenido con la privatización de muchas de sus mejores empresas de producción y servicios.

La fuga de capitales es una de las peores formas de sangría económica que han estado sufriendo los países de América Latina en las últimas décadas. No se trata de remesas de ganancias obtenidas por inversores extranjeros; no se trata del saqueo que se deriva del pago de una deuda externa contraída muchas veces por gobiernos tiránicos y corruptos que despilfarraron y malversaron los fondos recibidos, o para asumir responsabilidades derivadas de deudas privadas y en ocasiones de robos o negocios turbios de la banca privada, ni tampoco de las pérdidas crecientes que ocasiona el conocido fenómeno del intercambio desigual; se trata de fondos creados dentro del país, plusvalía arrancada a los obreros mal pagados, o ahorros bien habidos de trabajadores intelectuales y profesionales, o ganancias de pequeñas industrias, comercios y servicios.


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