El Gea

Discurso sobre la actual crisis mundial (III).

Por Fidel Castro Ruz, presidente de Cuba.

(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado de Cuba)


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En Ürümqi, extremo occidental de China, hicimos escala. Aeropuerto de bella arquitectura. Actitud amistosa y hospitalaria. Cultura refinada. Diez horas después, ya de noche, aterrizamos en Hanoi, capital de nuestra querida y heroica Viet Nam, pero otra muy distinta de la que visitara por última vez en 1995, hacía ocho años. Sus calles, llenas de actividad y luz. No se veía una bicicleta de pedales, todas eran de motor. Los autos inundaban las calles. Pensando en el futuro, el combustible, la contaminación y otras tragedias, fue lo único que me causó cierta inquietud.

Lujosos hoteles se erigían por doquier. Las fábricas se habían multiplicado. Sus dueños, extranjeros como regla y de rígidas normas de administración capitalista, pero en un país comunista, que cobra impuestos, distribuye ingresos, crea empleos, desarrolla la educación y la salud, mantiene incólume glorias y tradiciones. Petróleo, termoeléctricas, hidroeléctricas, industrias básicas en manos del Estado. Una revolución humana por excelencia. Todos los que han sido y son forjadores de la revolución reciben esmerado respeto y trato. Ho Chi Minh fue, es y será eterno ejemplo.

Con Nguyen Giap, el genial estratega, conversé mucho rato. Memoria excelente. Recordé con tristeza y a la vez con cariño entrañable, a muchos, como Pham Van Dong y otros que ya murieron. Son personas que siembran eterno cariño. Los antiguos y nuevos dirigentes expresaron afecto y amistad sin límites. Los lazos en todos los sentidos se multiplicaron. Las diferencias de situaciones con Cuba son grandes. Nosotros estamos rodeados de un conjunto de vecinos que no tienen nada que invertir y el más rico del mundo nos bloquea con rigor. A esto se une nuestro especial celo por preservar el máximo de riquezas y beneficios para las presentes y futuras generaciones, lo cual no empañan en absoluto nuestra gloriosa y eterna amistad.

De Viet Nam a Malasia. Este es un país maravilloso. Sus grandiosos recursos naturales y un líder extraordinario, de especial lucidez, que no propició el desarrollo de un capitalismo salvaje, explican su progreso. Unió las tres etnias principales: malaya, india y china. Atrajo inversiones, que desde el Japón industrializado y otras áreas del mundo llovieron. Estableció normas y reglas estrictas. Distribuyó riquezas con la mayor equidad posible. Creció el país a buen ritmo durante 30 años. La educación y la salud fueron atendidas. Disfrutó de larga paz, al revés de Viet Nam, Lao y Cambodia, agredidas por el colonialismo primero y el imperialismo después, y cuando llegó la gran crisis que asoló el sudeste asiático, desacató normas del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y otros organismos similares, hizo intervenir al Estado, estableció control de cambio, impidió la fuga de capitales y salvó al país y sus riquezas. A mil leguas de lo que ocurre en nuestro sufrido hemisferio, allí se desarrolló un verdadero capitalismo nacional que, pese a grandes diferencias de ingresos, llevó bienestar a las masas. Goza de gran prestigio y respeto. Para los occidentales y el nuevo orden económico, es un dolor de cabeza y un mal ejemplo.


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