La científica que acampa en la Antártida (II)


Marambio.aq

Primera expedición terrestre científica en motos de nieve al Polo Sur (I)

Evacuación sanitaria marítima en la Antártida

Base Antártica Marambio, origen de su denominación

Hallan el primer avión accidentado en la Antártida

El Instituto Antártico Argentino

Vehículo experimental ecológico para la Antártida

Expedición terrestre invernal entre las bases Esperanza y San Martín (I)

Pruebas de Trajes de Supervivencia en la Base Marambio (I)

XXXIV Reunión Consultiva del Tratado Antártico

Productos y servicios relacionados

Energía verde

Jornada laboral

A las siete y media u ocho de la mañana comienza el día. "A veces, hay que ser muy valiente para salir a la mañana de la tibia bolsa de dormir, porque puede hacer 18 grados bajo cero o menos, dentro de la carpa. Es un momento duro", menciona. No será la única instancia difícil, le sigue salir hacia la carpa-cocina a preparar el desayuno mientras se calefacciona con los calentadores.

Si el tiempo es malo quedarán en el campamento. Aprovecharán a leer, a cargar datos en la laptop que funciona con la electricidad del generador, a clasificar el material que traerán de vuelta al continente o empezar a escribir el borrador de un trabajo científico. También jugarán a las cartas o a los dados. "El domingo puede ser un martes o un miércoles porque -explica- el día de descanso es el de tormenta".

Si amanece con buen tiempo preparan las mochilas con las herramientas de trabajo y fiambres junto con bebidas para un almuerzo frugal que cortará una jornada de diez a doce horas de exploraciones de campo.

Por cuestiones de seguridad, siempre salen de a dos, nunca solos para que siempre haya alguien que pueda dar aviso en caso de emergencia o ayudar al rescate. Pueden caminar cuatro horas sorteando grietas y puentes de hielo hasta llegar al sitio donde llevarán fósiles, rocas y distintas muestras para llevar a cuestas al campamento. "Cargás 20 o 30 kilos o lo que puedas soportar en la mochila. Sos vos y tu mochila, que es parte de tu cuerpo", define sin quejarse. Este dificultoso transporte, en ocasiones, es el final de un duro trabajo previo. "El último verano -recuerda- hicimos excavaciones en una pendiente a 300 metros de altura y en la que no podías quedarte parada dado la inclinación. Volvíamos fusilados de cansancio a la carpa a eso de las 10 u 11 de la noche. A cocinar, lavar los platos y a dormir. Dos veces por semana se puede hablar con la familia o amigos por radio", sintetiza.

Hoy, el equipo recorre a pie lo que fue un océano hace millones de años. "Yo estudio nanofósiles calcáreos que son escudos de algas que formaron parte del plancton de los últimos 195 millones de años. Cuando muere el alga, las placas caen al fondo del mar y eso es lo que analizamos", precisa. Cualquiera podría pasar por delante de estos fósiles sin que le llamen la atención, sin embargo, los especialistas obtienen de ellos datos valiosísimos. "Podemos saber las condiciones de los océanos del pasado como la edad, la temperatura, la salinidad, la profundidad o el nivel de oxígeno. Se trata de reconstruir como fue el ecosistema. Al conocer el cambio climático del pasado, se puede hacer una predicción hacia el futuro".

La Isla Ross guarda un tesoro inigualable. "Esa zona -indica- constituye una cuenca de 6000 metros de espesor de sedimentos marinos que representan gran parte de las edades geológicas. Si se pudiera caminar sin detenerse se podría conocer toda la historia geológica del Cretácico (125 millones de años hasta los 65 millones de años). Es decir, se tiene 60 millones de años acotados en 6 mil metros. Es una secuencia única para el Hemisferio Sur por sus características".

A veces en plena tarea de campo, el avistaje de un ave negra, un petrel de tormenta, es la señal de que conviene volver cuanto antes al campamento porque se avecina "pesto" o mal tiempo. En ocasiones, no hay ningún pájaro de mal agüero sino la experiencia acumulada de años de campaña en el continente blanco, que capta percepciones inaudibles para los recién llegados. "Ves el glacial y hay algo que no te gusta. Le decís a tu equipo que se debe regresar. No es raro que los más jóvenes te digan: "¿Por qué debemos volver, si está lindo?". A las dos horas se levanta una nevada impresionante", relata.

La diferencia entre ser un visitante y un antártico, son varias temporadas vividas en ese gélido desierto. El cuerpo pasa a ver, oír, oler o desarrollar sentidos que ni sabía que tenía en la gran ciudad, pero allí se despiertan y ayudan a la supervivencia. ¿Será puro instinto animal o conocimiento aplicado? Lo cierto, es que ser antártico es estar integrado con cuerpo y alma a la blanca estepa.

"Yo nací en Pompeya, a cuatro cuadras del Riachuelo", señala como para demostrar que es porteña de nacimiento, aunque antártica por adopción. A los tres años, su padre, médico cirujano con quien hoy vive, la llevó a hacer sus primeros pasos por la montaña y a disfrutar de la vida comunitaria del campamento. "Viví de pequeña el espíritu de solidaridad de grupo. Sé que lo que uno no haga, joroba a los otros. Tu propia vida depende del otro y tenés que poder confiar en él. O al revés, si tu compañero se cae en un grieta, lo tengo que salvar y hasta puedo morir en el intento", subraya. Las relaciones se ponen a prueba a punto tal que los resultados son extremos. "He ido con amigos y perdí amistades. En cambio fui con gente desconocida y volví amiga para siempre. Todo es posible en la Antártida", sentencia.

Imagine por un segundo vivir dos meses con sus compañeros de trabajo y no poder volver a su casa con sus afectos. Durante 24 horas habrá convivencia extrema: incomodidades por doquier, un clima hostil y muy pocos para trabajar mucho. ¿A quién elegir para semejante experiencia? "Es un gran problema. ¿Un académico brillante, pero mala persona? ¿Buena persona pero no muy destacado profesionalmente? ¿Buena persona, excelente profesional pero vago? Las combinaciones humanas son muy variadas", plantea y ante la consulta sobre qué prefiere, contesta: "Luego de veinte años aprendí que lo importante es que vayas con una buena persona". Claro que recién en la Antártida cada uno muestra quién es, y surgen facetas desconocidas hasta de sí mismo.

"Es un lugar que te encontrás con vos mismo. Semejantes paisajes te llevan siempre a una reflexión, a un balance personal. Es una experiencia tan fuerte que cuando se regresa hay un cambio de forma de pensar. A cada uno, la Antártida le sienta de modo diferente", dice.

Días de fiesta

Cada 22 de febrero, el día de la Antártida Argentina, Concheyro reitera con el fervor de siempre la misma ceremonia. "Con o sin ventisca cantamos el Himno Nacional Argentino junto a la bandera y decimos algunas palabras", cuenta. Oíd mortales, el grito sagrado de un puñado de argentinos que sienten orgullo de serlo. La ceremonia se completa con un humeante plato de lentejas con chorizo. "Bien rico y argentino", expresa.

Ese día le esperan más alegrías. Es el cumpleaños de su hermana quien vive en Nueva Zelanda. "Ahora puedo saludarla desde el teléfono satelital, cuyo uso es bastante caro. El servicio sólo es gratuito para casos de emergencia, pero no para cuestiones personales, como es lógico", observa.

Ya se acerca la fecha del regreso. En el continente blanco, las horas del día se acortan a partir del 31 de enero, y atardece siete minutos antes que la jornada anterior. A fin de febrero, a las 21 horas ya es noche cerrada. Es tiempo de despedidas. Dos noches antes de la retirada final, es la fiesta del cierre de campaña: canelones caseros con salsa blanca, flan con dulce de leche y un "champagnecito" para el brindis. "Preparo un discurso donde hablo de las características de cada uno, un balance de los dos meses vividos y con cañas armo banderines para entregarlos a los novatos, una especie de diploma antártico", ríe recordándolo.

Levantar campamento, cargar todo en los dos helicópteros que fueron a buscarlos y levantar vuelo. Desde el aire, no se ven huellas de lo que fue su hogar durante dos meses. Y esa es la idea, preservar lo mejor posible el medio ambiente. "Cuando te replegás, es una mezcla de alegría y tristeza", dice Concheyro. Nunca tiene ganas de volver al continente, salvo que se entere que un ser querido la esté necesitando.

Apasionada por la paleontología, la Antártida y agradecida por su destino, ella está a mano con la vida. "Si muero hoy, estoy hecha. He sido inmensamente feliz. He sabido sentir lo que es estar en plenitud.

Lo que sentí allá, no lo había sentido antes. Deseo a todos que tengan esta experiencia. Las personas empiezan a ver su verdadero potencial, porque aquí se está sometido a numerosas presiones y uno no se comporta como es", confiesa.

Es que a su criterio, este continente selecciona a almas afines. "En el mundo en que vivimos es muy difícil entrar en sintonía con personas que tengan los mismos valores.

La Antártida va decantando a la gente y se quedan lo que están en la misma sintonía de forma de vida. Esto hace una comunidad bastante fraterna", concluye.

Fuente: Marambio.aq, Cecilia DRAGHI y Dra. CONCHEYRO



Búsqueda rápida.

Videos

Páginas web relacionadas

Foro de Andinia

Normas para la reproducción de este artículo

Otros

Artículos Tienda Directorio Foros

Exploración, naturaleza, deportes y aventura al aire libre en © Andinia.com