Juego y supervivencia (II)


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Federico Ferrero

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Entre los juegos espontáneos que realizan los animales que juegan, están los que son juegos con objetos, de manipulación (el gato que persigue una pelotita); juegos locomotrices, que normalmente se juegan en solitario (el perro que se persigue la cola); juegos sociales, en parejas o en conjunto (su mayo exponente son las luchas). Con todos estos tipos de juegos los animales, incluidos el hombre, potencian sus capacidades y descubren sus limitaciones físicas (velocidad de reacción, fuerza, flexibilidad, resistencia), cognitivas y sociales.

Pero claro, el hombre, como todos sabemos, es un animal muy especial, literalmente anormal, casi antinatural. Sin embargo, comparte con muchos animales la capacidad de jugar. Esta capacidad es mucho más intensa en los mamíferos, tanto salvajes como domesticados, y también en todos los animales que tienen capacidades físicas que les permiten hacerlo: boca, manos, pies, posibilidades motoras varias en definitiva junto con la capacidad de movimiento y energía que "derrochar" de los animales de sangre caliente.

Hay también otras particularidades que distinguen a los animales que juegan de los que no lo hacen. La primera es que los que juegan son animales de una antigüedad relativamente reciente como especie. Especies que han sobrevivido eones y están casi totalmente adaptadas al medio, sin haber variado su estilo de vida en millones de años como los tiburones o los reptiles, no poseen la capacidad de jugar.

¿Es entonces el juego una actividad de especies "imperfectas", un desperdicio de recursos, de energía sin sentido?

La respuesta es no, porque la explicación a este "derroche" parece encontrarse en el hecho de que el juego es necesario para mejorar las chances de supervivencia, es decir, en especies que no tienen tan perfeccionadas sus habilidades de supervivencia, y necesitan del juego para mejorarlas, para entrenarlas. Es decir, especies que necesitan "educarse" a nivel psicofísico, porque sus genes no les proporcionan toda esta información de forma "innata".

Pero contrariamente a lo que pudiéramos esperar, "aumentar las chances de supervivencia" no significa simplemente mejorar las habilidades de caza, sino la capacidad de "dominar" o de ejercer poder sobre sus congéneres. En esto el hombre parece haberse convertido en el maestro (para bien o para mal, según como se mire).

Así, las prácticas del juego, a corto plazo y a nivel individual, constituyen sin duda un riesgo para la supervivencia del que lo practica. Cuando uno aprende, se equivoca, y para mejorar toma riesgo. Dependiendo de su creciente capacidad y la dosis de suerte que le toque, progresará o (en el más extremo de los casos) morirá en el intento. Esto se ve claramente en aquellos animales que siendo crías o cachorros sucumben, mientras juegan, ante predadores adultos que se aprovechan de su debilidad relativa, su ignorancia, o la falta de atención de los peligros reales a los que los lleva la propia de la actividad lúdica. También se ve en todos aquellos animales humanos que dedican su vida a los deportes extremos o la actividades de riesgo como la exploración y los descubrimientos científicos que implican jugar con la incertidumbre de los desconocido o apostar la propia vida.



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