Sobrevivimos ayer, moriremos mañana, así que apostemos...

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Pablo Edronkin

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La pasión por el juego y las apuestas podría haber desaparecido ya hace siglos, pero la peste negra y la voluntad de las instituciones religiosas, irónicamente, salvaron la aficción lúdica que persiste hasta nuestros días.

Nuestros ancestros del siglo XIV sobrevivieron a la que probablemente fue la peor epidemia y extinción que la especie humana ha tenido que soportar: entre 1333 y 1352 aproximadamente, una plaga como nunca antes o después fue vista asoló prácticamente la totalidad de l hemisferio norte, matando al cincuenta por ciento de los seres humanos que habitaban el planeta, además de muchísimas especies de animales que también fueron afectadas.

La peste negra, como se la conoce en la actualidad, fue tan terrible que borro del mapa por completo a familias y pueblos enteros, casi como si alguien hubiera experimentado con la peor arma de destrucción masiva imaginable. La mortalidad era tan alta en algunas regiones que al cabo de unas pocas horas no quedaban sobrevivientes suficientes como para cavar las tumbas que hacían falta, y mucho menos, para cuidar las granjas, a los animales y las cosechas.

Pero irónicamente la falta de alimentos dejó de ser un problema: la gente moría tan rápido que siempre se terminaba con comida sobrante. Y en semejante contexto los budistas, judíos, musulmanes y cristianos empezaron a pensar que era Dios el que los castigaba o que los había abandonado. La gente empezó a perder la fe al ver como sus seres queridos, sus vecinos y amigos caían enfermos y morían en pocas horas, o al menos, en pocos días, en medio de un terrible sufrimiento.

Los valores orales se relajaron, el crimen empezó a abundar, pero los ladrones también morían. Así aparecieron y en la práctica fueron toleradas muchas conductas 'decadentes': las bromas de Bocaccio en el 'Decameron' son el resultado de las cosas que la gente conversaba para levantar el ánimo.

Desde luego, no faltaron los casos en los que los extranjeros, las brujas o los judíos eran acosados de haber causado la plaga. Por ejemplo, en Alemania y Francia decena de miles de judíos hallaron la muerte a manos de sus propios vecinos cristianos. La razón era que si bien todos sufrían las consecuencias de la enfermedad, los judíos, teniendo normas de higiene basadas en reglas religiosas que eran bastante mejores que las del resto de la población, evitaba - por ejemplo - consumir agua de los ríos y arroyos que cruzaban los pueblos y en los cuales había hasta aguas servidas y cadáveres - era común que los asesinados en Roma fueran arrojados al Tíber, para citar un solo caso.

La gente, ignorante y prejuiciosa, en vez de hacer caso de estos consejos, generalmente los tomaba con sospecha y hasta como una prueba de que los judíos debían estar detrás de una conspiración para causar la enfermedad por medio de venenos y conjuros maléficos. Semejantes pogromos ocurrieron varias veces a lo largo de la historia (Ver The Easter Massacre) aunque en el caso de la peste negra los mismos tomaron una dimensión poco usual para tales masacres.

En el caso particular de las comunidades judías, eventos de tal naturaleza llevaron en buena medida a que los propios rabinos empezaran a desalentar todas las manifestaciones de ostentación o riqueza con el objeto de bajar el perfil de los judíos en la sociedad con el objeto de que no fueran tomados como blancos preferenciales de los actos de histeria colectiva. Y es por esa razón que en la actualidad se puede ver que los judíos se visten tradicionalmente de forma muy conservadora y generalmente poco colorida, usando el blanco y el negro.

Y por supuesto, además de dedicarse a señalar con el dedo a supuestos culpables ye n muchos casos a lincharlos o prenderles fuego, la gente empezó a apostar y dedicarse a los juegos para entretenerse y asumiendo que el dinero que apostaban ya probablemente no lo tendrían un par de días después porque estarían muertos de cualquier manera. El juego se convirtió en la mejor defensa psicológica frente a semejante catástrofe.

La peste negra produjo una serie muy importante de cambios culturales, particularmente en lo que se refiere a la obediencia ciega a ciertos cánones morales. El juego tuvo mucho que ver con esto y también con la reconstitución de la sociedad, diezmada por la enfermedad: la propia iglesia se dedicó a estimular el juego, bajo ciertas regulaciones, puesto que ya no quedaba ni siquiera gente para recaudar dinero con impuestos. No había campesinos para labrar los campos, ni herederos que pagarían por los nuevos títulos de propiedad; ni siquiera había soldados como para acompañar a los recaudadores de impuestos.

Así que por esa razón de fuerza mayor, por un tiempo, hasta las autoridades religiosas se dedicaron a promover y estimular el juego y las apuestas, y ni hablar de los nobles y los reyes. Por eso resulta bastante hipócrita que en la actualidad, ignorando que ha sido el juego el que salvó a la civilización una vez, existan personas que pretenden arrojar moralina y prohibirlo o limitarlo lo más posible. Esto es realmente muy ingrato, pues le debemos la supervivencia y existencia de nuestra sociedad a las cartas y los naipes, literalmente.



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