En 1968 un hombre llamado Tom Gurr encontró un tesoro sumergido, pero apareció el estado de por medio.
Tom Gurr era un cazador de tesoros que finalmente sacó la grande en 1968 cuando encontró los restos del naufragio del San José de las Animas, un buque español que se había hundido frente a las costas de la Florida, Estados Unidos, en 1733. En aquel entonces, las leyes locales le permitían a este hombre y otras personas conservar cualquier tesoro que encontraran a más de tres millas náuticas de la costa (unos cinco kilómetros); el tesoro del Sr. Gurr satisfacía esa condición cuando empezó el rescate.
Pero no cuando terminó: agentes del estado le reclamaron el cincuenta por ciento de lo que había hallado, pues la ley había sido reinterpretada de forma retroactiva y las autoridades entendían que las tres millas náuticas se debían medir desde los arrecifes exteriores de la costa y los bancos de arena, y no desde la playa.
Esto llevó a cinco años de batallas legales por millones de dólares en las que, naturalmente, la justicia favoreció a los intereses del estado. Además, misteriosamente, el barco del Sr. Gurr naufragó en el puerto, estando amarrado, y esto llevó al buen hombre a buscar venganza.
Entonces, llamó a unos periodistas y frente a ellos, arrojó al mar nuevamente el tesoro, diciendo que si el estado lo quería, debían ser ellos los que lo fueran a buscar. Pero la cosa no fue así: bajo la amenaza de ir a prisión Tom Gurr tuvo que ir él mismo a rescatar nuevamente el tesoro, pues fue acusado de destruir propiedad del gobierno.
Al final, de la parte que le tocaba a Gurr no quedó nada, pues todo lo tuvo que gastar en honorarios de abogados y otras costas legales. La moraleja es que cuando se encuentra un tesoro hundido o de los piratas, hay que tener en cuenta que a partir de allí todos son piratas, incluyendo a los países y empezando por sus gobiernos.