P. Edronkin

El creacionismo versus la ciencia y las creencias respetables



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Recientemente, en los Estados Unidos, ha surgido un nuevo debate en torno a si el creacionismo debe ser enseñado en las escuelas en un nivel totalmente equiparado con el de los argumentos de Darwin y Mendel en torno a la teoría de la evolución de las especies. Esto es una situación peligrosa, francamente, para la verdad en un sentido lógico, porque por medios retóricos, políticos y hasta judiciales, ciertos grupos de interés que apoyan a la pretendida teoría creacionista están intentando redefinir lo que es la ciencia, de una manera similar en la que se lo ha hecho en toda clase de regímenes autoritarios a lo largo de la historia.

En la Unión Soviética, por ejemplo, algunas cosas se dejaban de considerar científicas y otras asumían ese papel simplemente por consideraciones políticas; los argumentos de Lysenko en torno a la aplicabilidad del materialismo dialéctico a la genética son un claro ejemplo de la peligrosidad de estas manipulaciones.

La ciencia no es definida por el público, y ni siquiera por los propios científicos; mucho menos se la puede definir en una corte legal. Que el creacionismo sea parte de los programas de estudio de catecismo o religión es algo perfectamente aceptable, pero no se puede equiparar a esta idea con la teoría de Charles Darwin porque sencillamente, el creacionismo no es una teoría científica.

Y esto no es así porque desagrade a los científicos, sino porque para que sea una teoría debe probarse, y esto no se ha hecho todavía. En segundo lugar, sus pretendidas pruebas no tienen carácter científico tampoco y la elaboración de toda la hipótesis que pretende constituirse en teoría no sigue los pasos del método científico. Es como si un físico o matemático pretendiera ser obispo o cardenal sin seguir los pasos que la religión y la iglesia demandan; sencillamente un absurdo.

Y uno de los requisitos científicos que no puede satisfacer la pretendida teoría es su demostrabilidad: la existencia de un ser superior detrás de todo no puede verificarse tangiblemente. Se puede creer en él, pero hacer una demostración científica de su existencia es algo que ni los teólogos de verdad ni los científicos pretenden seriamente.

Los fans del creacionismo detestan las ideas de Darwin porque desde su punto de vista, cuestionan la existencia de un dios. Sin embargo, deberían recordar - o saber - que Charles Darwin estaba instruido en teología a nivel universitario y difícilmente se lo podría considerar como contrario a la religión. Y también deberían considerar que desde la demostración pública de la teoría de la evolución de las especies, se han desarrollado numerosos trabajos independientes que corroboran lo afirmado por Darwin, incluyendo la existencia del ADN y los genes.

En mi opinión, lo que estás sucediendo es que un grupo de fanáticos religiosos se ha dado cuenta que para la mente de los seres humanos desde el siglo XIX el argumento religioso sobre la creación del mundo es menos convincente que un argumento lógico y científico. Por lo tanto, su única posibilidad de convencer es haciéndolo desde la infancia, cuando los niños todavía no saben diferenciar bien las cosas, al mismo tiempo que desacreditan a la ciencia que se opone y pretenden que lo que no es ciencia se convierta en algo académico - literalmente - por orden judicial. Esto es faltar a la verdad y retorcerla, algo anti-ético tanto desde el punto de vista científico como religioso.

Este es claramente un intento de religiosos de segunda: ni un pastor protestante, un obispo católico, un rabino o un mullah que sean respetables necesitan convencer a sus feligreses usando artimañas. Y dicho sea de paso, el Vaticano posee una academia de ciencias integrada por un par de docenas de laureados con el premio Nóbel, y nunca ha pretendido sostener que la hipótesis creacionista puede ser calificada como científica.

Así que la única posibilidad de esta gente, frente al rechazo de las comunidades científicas y eclesiásticas, consiste en tratar de confundir las mentes de los niños utilizando argumentos retorcidos, auténticas falacias persuasivas. Pero la realidad es que si no pueden convencer a la gente de forma franca y directa, entonces quizás sería mejor, por amor a la ciencia y a las creencias, abandonar la idea creacionista y pasar a otra cosa.





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