El neocomunismo latinoamericano, ahora un nuevo camino al viejo fracaso

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Pablo Edronkin

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Cuando las cosas se hacen mal siempre, después de cambiar de metodología, resulta obvio que el problema reside en quien es el que intenta hacer las cosas, y no en los métodos empleados; cualquier método, por bueno que sea, en las manos equivocadas se transforma en un zafarrancho de problemas.

Que un piloto diga que un avión que está volando es excelente no quiere decir que un neófito pueda hacer las mismas cosas que él con el aparato, que lo pueda volar bien, o que produzca los mismos excelentes resultados. Así es la vida: Hay niveles de conocimiento y educación para todo, y pretender hacer más de lo que uno sabe con cosas que requieren más de lo que uno tiene simplemente constituyen una receta para crear nuevos problemas.

El neocomunismo en sus diversas expresiones ha tenido una oportunidad debido a la crisis económica y filosófica de la corriente neoliberal que ha dominado al mundo capitalista en los últimos años; el neoliberalismo ha sido nefasto en Latinoamérica, pero las imitaciones ilusorias de la revolución cubana que han aparecido en el subcontinente no auspician nada mejor. No parece haberse aprendido nada y se repiten los viejos errores.

El bolivarianismo es una copia del comunismo cubano, y una copia no es una revolución, es simplemente una imitación y como tal, o una novela o un fraude. Bolivar no podía ser socialista porque esas ideas no existían en su tiempo; sugerir cualquier forma de lo contrario sería como decir que Sócrates era ecologista, Jesús capitalista o Mahoma un científico; sencillamente esos esquemas de pensamiento no existían en el tiempo de esos hombres excepcionales. Venezuela es simplemente un ejemplo de lo absurdo, de filosofía de feria en donde se aspira a que la gente viva como en un vecino que tienen un poco más al norte, mientras que los venezolanos con su petróleo deberían tratar de imitar a la gente de Kuwait o los Emiratos árabes, que venden el mismo producto. La noción de que un indudable miembro del establishment como lo es un oficial del ejército pueda convertirse en un revolucionario una vez que obtiene el grado de coronel es sencillamente una mentira.

Ecuador simplemente tiene un payaso en el gobierno que no duda en decorar los aviones oficiales con su rostro como si se tratara de la aerolínea Alaska Airlines, mientras que la pareja que lidera la Argentina solamente es capaz de resaltar en la noche si obliga a todos los demás a pagar la luz; ellos hablan mucho de la redistribución de la riqueza pero parecen padecer amnesia cuando se les pide que expliquen el enriquecimiento personal que ellos mismos han declarado durante una época en la que solamente se han dedicado a la función pública. El único que merece algo de crédito parece ser el líder boliviano, Evo Morales, porque al menos no parece ser hipócrita y ha demostrado tener buenos modales.

En vez de tratar de imitar a Cuba, cuyo régimen parece subsistir a pesar de todo como uno de esos comatosos que siguen con vida después de que les desconectan el pulmotor, los cultores del neosocialismo o neocomunismo deberían buscar ejemplos exitosos: ¿Dónde se vive mejor? ¿En Cuba o en Noruega? Parece tonto estar imitando a un régimen que se aferra a la vida como puede mientras que otros países como los escandinavos han tenido éxito por décadas siguiendo ideas socialistas. ¿Por qué imitar a un producto que es de segunda cuando se puede aprender de uno de primera? Se le pueden cantar toda clase de loas al régimen Cubano, aún ignorando sus muchos lados negativos, pero el hecho es que en cualquiera de los países escandinavos que han aplicado el socialismo en conjunción con la verdadera democracia, siempre se ha vivido infinitamente mejor. Claramente, si los países escandinavos regularmente figuran entre los de mejor calidad de vida del planeta, es de ellos de los que debemos aprender.

Hemos escuchado y leído que la gente en Cuba vive modestamente pero al menos han resuelto el problema del hambre pero ¿hace falta una construcción intelectual y política tan enorme como un régimen de un país para simplemente lograrlo que los hombres de las cavernas ya sabían hacer? Ese mismo argumento en pos del socialismo versus otras explicaciones le convierte de por sí en una parodia de su propio ideal. Una idea devenida en dogma a causa de la incapacidad e ignorancia de sus propios cultores: Los cubanos podrán no morirse de hambre, pero los noruegos, tan socialistas como ellos comen caviar. La diferencia entre ambos países reside en el número de líderes que han tenido desde la revolución cubana: ¿Cuántos primeros ministros hubo en Noruega en comparación con cuantos líderes de Cuba? El país caribeño no es ejemplo de otra cosa que una oportunidad desaprovechada.

Eso hace pensar que o los socialistas latinoamericanos son particularmente ignorantes porque buscan imitar algo que no es ni lo mejor en la materia que desean ni los más eficiente, son muy ignorantes porque en el fondo lo que les gusta no es el socialismo sino el autoritarismo que caracteriza a Cuba, o bien son infantiles que no han podido superar los sueños e ilusiones que tenían en el colegio secundario, mientras estaban en el centro de estudiantes y desde luego, no habían aprendido el inglés lo suficientemente bien como para viajar por Europa y poder constatar el estándar de vida del que disfrutan las personas en Suecia, Dinamarca, Finlandia o Noruega.

Y no es que los escandinavos sean netamente superiores, ni nada por el estilo: Cuando a los islandeses se les ocurrió dejarse tentar por las recetas neoliberales, sencillamente destruyeron el país del mismo modo que lo hizo la Argentina, solo que no se notó tanto porque son menos. Es decir, lo que tiene los escandinavos es la receta justa; entonces ¿por qué no aprender de ellos y dejarse de intentar utopías de módico presupuesto intelectual?


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