Maradona, los dichos del líder y la separación entre el liderazgo formal y el informal

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Pablo Edronkin

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En una extraña conferencia de prensa tras el partido en el que el seleccionado argentino de fútbol venció hace algunos días al de su vecino Uruguay, el director técnico Diego Armando Maradona se despachó sin pelos en la lengua contra el periodismo que lo critica ¿Qué representa esto desde el punto de vista del liderazgo?

Fue una conferencia de prensa poco común; el director técnico del equipo argentino apareció casi como agotado por el agudo, rabioso festejo que significó para él la clasificación para el mundial de Sudáfrica. Lo que debía transformarse en un alivio para los auspiciantes del seleccionado y la FIFA, por las ingentes pérdidas monetarias que la no clasificación argentina podría haber significado, se transformó en un renovado problema. De hecho, la FIFA se apresuró a colocar a la Argentina en el sexto lugar en su ranking de los mejores seleccionados, cosa un tanto difícil de creer, por cierto, pero al poco rato ya sus autoridades empezaron a hablar de sanciones disciplinarias.

Para los argentinos no parecía un momento de alegría: Diversas encuestas realizadas en el país previamente mostraban el sorprendente hecho de que la mitad o más de los argentinos no creían que el seleccionado de su país clasificaría, y muchos, lejos de apoyarlo, pensaban que lo tendría merecido. Al llegar a Montevideo su seleccionado, los argentinos miraban la cuestión casi con indiferencia mientras los uruguayos, en palabras de diversos medios, derrochaban confianza; sin embargo, ahí la gente del Uruguay pecó por un momento de lo mismo que el líder del equipo Argentino, y les fue mal. Un buen recordatorio de que la sobriedad nunca sobra.

La Argentina venció en un mal partido y se clasificó; en ese contexto, tras una victoria casi casual, el Sr. Maradona dijo de todo contra sus detractores, implicando que se trataría de muchos periodistas, pero el público no parece haberlo interpretado así: tras las palabras del ex astro del fútbol empezaron a aparecer toda clase de dichos cruzados, pero mayoritariamente contrarios y en señal de desaprobación. Incluso varios jugadores del equipo dijeron - en oposición a su director técnico - que estaban haciendo las cosas mal y una reorganización se hace necesaria. La actitud de Maradona no cayó bien en ninguna parte.

Los resultados del equipo son elocuentes: durante el período de Maradona a cargo, la posición relativa del seleccionado cayó notablemente, se hicieron pocos goles y se recibieron muchos, y por lo que se puede constatar de los foros y blogs de Internet, una mayoría muy clara de personas, tanto dentro de la Argentina como fuera del país sencillamente no puede digerir los dichos y las actitudes de este personaje. Pero lo más llamativo es que frente a las dificultades que tenía el seleccionado mayor de fútbol de la Argentina, al lograr la clasificación nadie salió a las calles a festejar. En este tipo de situaciones, el sudamericano típico suele olvidar las rencillas internas por un momento, pero este no fue el caso.

No hubo muestras de alegría sino de reprobación: Casi no hubo espectadores argentinos en el estadio Centenario de Montevideo, siendo que tales espectáculos suelen atraer a un apreciable público desde el otro lado del Río de la Plata, y esto hay que analizarlo tomando en cuenta que en ocasión de encuentros en los que participa la selección argentina en sitios mucho más alejados suele haber más público del que hubo solamente un par de horas de viaje de Buenos Aires. Maradona se fue silbado por los espectadores uruguayos, lo cual podría ser entendible por otras causas, de no ser porque unos días antes, el técnico se fue silbado del estadio del club River Plate de Buenos Aires, en ocasión del ajustado triunfo frente al seleccionado del Perú, donde el público era mayoritariamente argentino. En aquella ocasión también se pudo apreciar que los jugadores y Maradona festejaron su triunfo separadamente.

Estos son síntomas de reprobación de un liderazgo, pero ¿por qué? dado que no es para nada común - más bien inédito - que en un país futbolísticamente avanzado la gente muestre semejante rechazo hacia un personaje que es indudablemente una celebridad. La primera respuesta se debe encontrar en la mala performance del equipo a cargo de Maradona, pero el seleccionado argentino ya tuvo altibajos semejantes en algunos momentos de su historia y sin embargo nunca sucedió algo como lo que se ha podido presenciar estos días. La gente está reprobando otras cosas que van más allá del resultado futbolístico y deben encontrarse en la propia dinámica de la sociedad.

Mucha gente ve en Maradona un símbolo, pero no ya de un crack, sino de una persona decadente. Maradona fue siempre el mismo, con sus cosas buenas y malas; su vocabulario no lo aprendió la semana pasada sino que lo trae desde su infancia, pero antes se le toleraban más cosas, como a cualquier celebridad; hoy, como el argentino promedio sufre en carne propia las actitudes prepotentes de un gobierno que se comporta como lo hace Maradona frente a los periodistas, actuar de esa forma ya no reditúa algún aplauso motivado en la testosterona sino que cosecha críticas al punto que se asocia frecuentemente a Diego Maradona con el gobierno de la presidente Cristina Fernández de Kirchner. Esto, en un contexto en el que dicho gobierno ha perdido una reciente elección parlamentaria por el 76% de los votos pero no parece percatarse de tal situación - igual que Maradona frente a las críticas que le hacen - sencillamente sirve para que la gente asocie aunque sea emotivamente a ambas cosas y el resultado es lo que se ve. Esto se puede constatar en la cantidad de mensajes que vinculan al astro con "el discurso oficial".

Lo que dijo Maradona es de corte netamente antidemocrático y fascista, es una amenaza al periodismo y a la libertad de expresión pero no es nada nuevo, en las gradas de las tribunas de un estadio; ese tipo de lenguaje es el que se maneja en los enfrentamientos entre los adeptos o fans de los distintos equipos. Sin embargo, el hecho de que lo haya dicho en el contexto que lo hizo sin pensar siquiera en el enojo que tal cosa podría causar entre los auspiciantes publicitarios de su equipo refleja que no tiene buenas dotes de liderazgo, pues un líder que se precia de tal alcanza aunque sea a discernir con su intuición que hay un momento y un lugar para todo.

Cuando el emperador Comodus bajó a la arena del circo romano, la propia plebe allí reunida lo consideró como un acto muy vulgar pese a que ellos mismos aplaudían el espectáculo, y esto se debe a que incluso la gente más ordinaria espera no ver una copia de sí mismos en sus líderes, sino a personas de mayor poder, sabiduría, belleza, fuerza o cualidades intelectuales. La gente espera más de los líderes de lo que daría por su cuenta; a cambio de eso, les tolera muchas cosas en grado variable, dependiendo de los valores de esa sociedad.

En las sociedades más desarrolladas en lo jurídico y político, al líder se le conceden comparativamente pocos privilegios, mientras que en aquellas en las que hay escasos valores, se les tiende a conceder todo. Pero como contrapartida, en las sociedades o grupos "muy jurídicos", generalmente, cuando el líder cae la cuestión no suele ser estrepitosa primero porque al ser la tolerancia a los errores más baja pocas veces se produce una seguidilla de ellos y la acumulación de frustración de la gente suele no llegar a niveles apocalípticos, y en segunda instancia, porque la tolerancia en sí misma es un valor mejor asimilado por la gente. En cambio, en las sociedades donde las normas juegan un papel menos preponderante, los líderes, por su propia situación de poder, suelen violar aún más esas normas, casi como en una aplicación del concepto de la plusvalía a la ilegalidad. Esto indudablemente causa frustración en la gente, pero dicha frustración, como no puede expresarse tempranamente porque los umbrales de tolerancia a los abusos propios del liderazgo son más elevados.

Al utilizar el lenguaje de tribuna, el director técnico, que es quien debe no solamente dirigir sino liderar a un equipo, dejó de serlo para pasar a ser involuntariamente un espectador, pero de su propia degradación, porque su enojo y sus palabras duraron un par de minutos, pero las renovadas críticas que ahora arrecian pueden durar indefinidamente. aún así ¿representan las palabras soeces y directamente antidemocráticas por constituir un ataque directo a la prensa el pensar del público argentino?

Formalmente sí, pero por lo que se pudo constatar, informalmente no. En la sociedad argentina hay un creciente golfo entre la postura de la gente y la postura de sus líderes formales no solamente en lo cultural o deportivamente icónico, sino también en lo político, sindical y cultural, con la excepción de algunos rubros, al menos todavía. La sociedad argentina, en estos momentos, siente que tiene muchas cuentas pendientes para saldar con sus líderes y hasta se habla de forma cada vez más recurrente sobre la posibilidad de que ello ocurra de forma violenta, al estilo de lo que la historia de Francia, Rusia o China puede mostrar. La actitud de Maradona es, en todo caso, de una enorme torpeza porque una persona pública que se expresa demostrando odio invita a que los demás odien también, y considerando el contexto, tal cosa es harto peligrosa. Maradona, es como dijera un periodista de "El País", un tonto.

El caso del fútbol no es una cuestión de vida o muerte para ninguna sociedad pero refleja bien el estado de otras cosas, y la decadencia generalizada de la Argentina que pese a que como en cualquier lugar del mundo posee una población que desea vivir bien acaba por vivir mal, solamente lo muestra. El estado del fútbol como actividad, con clubes en bancarrota pese a producir jugadores que valen fortunas en el mercado mundial, y el bajísimo nivel de dignidad mostrada por nada menos que un ícono de proporciones históricas de ese deporte, pese a que los argentinos saben jugar bien el deporte y quieren y pueden ganar campeonatos mundiales y medallas olímpicas, sirve para ver de manera práctica cómo, con una distorsión entre el liderazgo formal y el informal - el que obtiene su legitimidad de las normas y el que obtiene su legitimidad de la opinión de los liderados, respectivamente - se traduce tanto en casual como en efecto de un proceso de decadencia organizacional.

En otras palabras, la selección, la nación argentina, así como cualquier otra sociedad en condiciones similares, se encuentran atrapadas en un proceso por el cual los líderes no puede proporcionar una mejoría al grupo que representan pese a las aspiraciones de dicho grupo, pero como los líderes solamente representan al grupo, lo que hay que decir es que es el propio grupo el que no puede satisfacer sus propias aspiraciones porque ha perdido el rumbo, no sabe cómo, y en ese afán deja de saber cómo elegir a quienes deben guiarlo.

La utilidad de cualquier mecanismo de gestión, gobierno o liderazgo que no puede ser utilizado por incapacidad momentánea es nulo, y cuando algo es nulo y no funciona, pierde su viabilidad natural. Al suceder esto se crea una situación que formalmente puede ser legal, constitucional o legítima, pero que informalmente constituye una anarquía. De ahí pueden surgir dos caminos básicos: el de la apropiación del caos para su explotación por parte de un demagogo, como hizo hábilmente Adolfo Hitler durante la Alemania de Weimar, o bien, si la población suma a su descontento el suficiente grado de impotencia, el de la revuelta.

Es una situación similar a la que puede padecer un individuo que frente a un problema no puede pensar claramente en cómo resolverlo y se tropieza una y otra vez; pero cuando el propio individuo se da cuenta de ello, si tiene suficiente presencia de ánimo puede repentinamente tomar una decisión diferente, como irse a dormir una siesta para tranquilizarse y resolver luego el problema, con la mente más despejada. Maradona se ha creído un dios, pero no lo es, porque, llámeselo Dios, Jehová, o Alá, es un ideal de perfección y por lo tanto, si bien este señor desea ser o cree ser tal cosa es porque piensa que se ha elevado a tal condición, pero tal razonamiento tiene un problema y es que Maradona puede creerse Dios, pero Dios nunca se va a creer que es Maradona. Su soberbia solamente puede tolerarse bajo la excusa de un problema neurológico y explicarse por ignorancia.

Pero el problema que se plantea es de liderazgo y dinámica, pues si bien las personas pueden detenerse para reflexionar, los países no pueden irse a dormir la siesta. Ninguna sociedad puede detenerse para pensar un poco, y lamentablemente la dinámica de la confusión, una vez que gana impulso, resulta mucho más difícil de revertir. Maradona solamente ha contribuido a reforzar este circulo vicioso y por eso nadie tiene que agradecerle nada. Debería irse y llamarse a silencio; sería lo más sabio que podría hacer.


Dedicados a la exploración, el conocimiento y la aventura.





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