Cliché: Somos muy diferentes

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Pablo Edronkin

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Esta muletilla se emplea para justificar toda clase de malentendidos y diferencias irreductibles; es muy importante refutarla para que en todo proceso de diálogo o liderazgo las verdaderas razones de algo queden claras.

Aducir grandes diferencias para explicar malos entendidos o actitudes extrañas, contrarias a lo esperado o esperable, abandonos, etc. es bastante cómodo en el corto plazo aunque desastroso siempre en el largo pues evita tener que caer en la molestia y a veces el dolor de la introspección para constatar que se procede mal. También puede indicar indolencia a la hora de hacer un esfuerzo por ver las cosas y buscar una solución. Se puede utilizar - y de hecho se hace - este falso argumento para juzgar y por ende extraer falsas conclusiones sobre por qué se abandona a un amigo, la ruptura de una pareja, un problema político internacional, la falta de colaboración en un grupo de trabajo, etc. pero en el fondo de las cosas, en vez de tratarse de alguna cuestión irreducible como ya dijimos, más bien se trata de buscar una salida cómoda, que raramente es la mejor. Muchas veces se emplea este argumento falaz a posteriori con el simple objeto de responder a los murmullos de la propia conciencia una vez que la situación se ha tornado verdaderamente irreversible.

Nada es imposible así que no hay diferencias que no se puedan resolver; no se trata de descubrir los misterios de la perdida ciudad de Kanesh, e incluso ellos quedarán expuestos a la luz del día alguna vez. Si el día y la noche coexisten en nuestro mundo también pueden hacerlo personas diferentes pero a esta metáfora debemos agregar que todo se resuelve hablando. El uso de los clichés evita el diálogo o rebaja su calidad; quizás no las intenciones, los sentimientos o el sentido con el que los participantes dicen las cosas, pero sí reduce la utilidad de sus ideas al emplearse palabras y frases construidas pobremente o bien, de uso estándar y común, y como sabemos, cuando se intenta construir algo verdaderamente único no se puede emplear material adquirido en el mercado, sino hecho a medida.

Dos contextos son los que encuentran quizás el mayor o más peligroso uso de este cliché en particular:

- El intercambio cultural y la comparación entre diferentes naciones o clases sociales, puesto que los valores y la medida de las cosas puede ser diferente en cada grupo. En este contexto particular resulta peligroso medir a personas que no entendemos del todo con nuestra propia vara porque encontraremos diferencias que nos harán resaltar lo "diferente" en el sentido negativo respecto de nuestros valores con relación a los aparentes del otro, pero irónicamente, en esa gente aparentemente diferente en lo superficial podemos llegar a encontrar individuos mucho más compatibles en lo profundo. Si nos detenemos a analizarlos en función de los clichés, lo único que obtendremos es que "somos muy diferentes" y casi con seguridad estaremos perdiendo de vista el bosque por solamente ver el árbol y despilfarremos una experiencia de intercambio que puede resultar de otro modo muy fructífera.

- El contexto afectivo, particularmente en el de las parejas. No es nuestra intención hacer un análisis pormenorizado de este caso por sus ramificaciones, pero podemos decir que en estos casos en los que se sale de la esfera enteramente racional y se pasa a la afectiva, el uso de los clichés puede tornar cualquier cuestión en mucho más ríspida porque a la inflexibilidad relativamente mayor que la pasión le agrega a las ideas se debe sumar la intransigencia de la superficialidad de los propios clichés.

Yo he escuchado la frase "Somos muy diferentes" muchas veces, siendo empleada para justificar la falta de atención de una persona hacia otra incluso antes de probar si el hecho de la existencia de las supuestas diferencias podría tornar a la relación entre ellas - del tipo que sea - en algo positivo, neutro o negativo. El cliché es entonces empleado para deshacerse de algo molesto para un egoísta, de una manera muy poco sabia o previsora, dado el mejor negocio siempre es aquel en el cual ambas partes salen ganando porque nadie sabe qué vueltas dará la vida y aquella persona despreciada, rechazada y olvidada puede tornarse en mucho más exitosa que el que rechaza. Entonces, tales diferencias demostrarían que el anteriormente rechazado es esencialmente mejor que el rechazador, por lo cual la altanería pretérita se convierte en algo triste y ridículo, demandando autocrítica e introspección para la persona arrogante que arrojó a la basura a su propia fortuna. Nunca hay que tratar a una persona con tal falta de respeto.

Por eso, a las personas que emplean con mayor asiduidad los clichés para definir y establecer sus ideas hay que forzarlas a dialogar puesto que esta es la única manera en la que puedan manifestar las inquietudes propias y auténticas, algunas de las cuales pueden ser legítimas y otras no, pero también podrán apreciar y entender los puntos de vista ajenos. Notar las diferencias puede no ser un trabajo muy duro, pero lo que hacemos con ellas es lo que separa a los plebeyos de los aristócratas en el sentido que le hemos dado a ambos términos en otros textos: Los primeros entienden a las diferencias como cosas que nos dividen, mientras que los segundos las aceptan como cosas que enriquecen nuestras vidas. Para el auténtico y consumado plebeyo - el que es capaz, en su grado superlativo, de quemar libros y brujas - las diferencias separan y eso es lo que en definitiva obtienen, desde parejas que se desarman hasta guerras étnicas, mientras que para el aristócrata nos unen. Los líderes siempre deben ansiar convertirse en aristócratas de corazón.

Nadie puede afirmar a ciencia cierta que dos personas en cualquier tipo de asociación, como dijimos, ya sea en un negocio, en un grupo de trabajo, un debate o una pareja sean tan diferentes como para ser totalmente incompatibles o creer a priori que las cosas no van a funcionar. Hacer tales afirmaciones habla muchísimo de la existencia de otras dudas no esclarecidas que merecen ser conversadas, pero por sobre todas las cosas, quien hace una afirmación así como decir "somos muy diferentes" muestra un inmenso miedo que tiene, quizás a lo que más quiere.



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