Incursión masiva de mineros en la virgen Cuenca del Caura (I)


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Adriana Boccalon Acosta

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El viernes (noviembre 2006) estuvimos reunidos en la sede del Postgrado de la UNEG un grupo de investigadores estudiosos de la Cuenca del Caura, encuentro al cual asistí en calidad de doliente de aquellos maravillosos espacios naturales, para analizar el riesgo que están corriendo más de 45 mil kilómetros cuadrados de extensión, que albergan no solamente en su mayoría poblaciones indígenas ancestralmente establecidas allí, sino una extraordinaria biodiversidad comprobaba a lo largo de estudios realizados desde mediados de la década de los ´80, y el 80% de la masa boscosa del territorio nacional con baja o nula intervención...

El propósito de este encuentro fue fijar una posición en torno a la primera incursión masiva de mineros a la cuenca del Caura, y la necesidad urgente de detenerla antes de que ésta afecte la zona de manera irreversible, pues aunque tradicionalmente y en líneas generales entre el común denominador del venezolano el Pequeño Minero era mal visto debido a la percepción de que éste ejerce una actividad con visos de ilegalidad, luego de los lamentables acontecimientos ocurridos recientemente en La Paragua, la percepción general en torno al minero y su actividad pareciera haberse modificado a nivel de la opinión pública, pasando de ser un elemento que vive en una especie de submundo empobrecido y rodeado de prostitución, drogas y miseria a pesar de la riqueza del oro y los diamantes, a través de cuya explotación por supuesto contribuye con el deterioro ambiental en ocasiones irreversible y de consecuencias magnánimas, a ser un ser heroico, la víctima, y hasta un modelo ciudadano digno de respeto... Debo ratificar, una vez más, que repudio los atentados violentos contra la vida humana, pero lo que no tiene sentido alguno es que a la par de repudiar la matanza de mineros en La Paragua, terminen algunos defendiendo, y en consecuencia apoyando, la destructiva actividad minera en zonas de protección como parques nacionales, monumentos naturales y reservas forestales, entre otras, pues ésta, en lugar de generar riqueza o ser la alternativa para combatir la pobreza en Guayana, genera anarquía y conduce poco a poco al desarraigo de las comunidades indígenas, que tradicionalmente han sido las mejores aliadas de estos espacios naturales, debido a la incursión de los mineros, sean éstos venezolanos o extranjeros, y a la proliferación de pueblos fantasmas que sólo dejan soledad, desesperanza y destrucción...

Volviendo a la reunión del viernes en la UNEG, la minería debe desaparecer de la faz de Guayana, ésa fue la conclusión, si es que queremos seguir disfrutando de los servicios ambientales que nos brindan los espacios naturales, haciendo énfasis en la cuenca del Caura, que es prácticamente la única que queda prístina en este planeta... Los estudios que se han realizado de la cuenca del Caura, señalan que ésta destaca por su megabiodiversidad, su sociodiversidad, su recurso hídrico y su pristinidad. Su población indígena organizada no solamente la ha protegido desde épocas muy remotas, sino que además se sostiene gracias a los servicios ambientales que ésta le brinda, y que aunque no lo percibamos así, también beneficia a los habitantes de Guayana, de Venezuela y del planeta enterito, pues los bosques del Caura están considerados la mayor frontera forestal tropical del mundo entero, generadora de servicios ambientales como la protección contra desastres naturales gracias a la presencia de la extraordinaria vegetación, regulación del ciclo hidrológico y la protección de las cuencas, la provisión de agua a través de su retención y almacenamiento, la formación de buenos suelos por la acumulación de materia orgánica, la producción de alimentos, caza y pesca; la disponibilidad de materia prima para la fabricación de fibras y combustibles, los recursos genéticos para medicinas, semillas y cosméticos, el secuestro del carbono que contribuye a regular el cambio climático y mucho más...

Actividades como la minería, sin embargo, convierte al hombre en el destructor de estos servicios ambientales, y en consecuencia, en el verdugo de su propia humanidad... Pregunto, ¿se justifica entonces que un grupo que no pasa de 15 mil pequeños mineros dedicados directamente a esa actividad, y no 250 mil como han señalado algunas fuentes, vayan de bulla en bulla alterando el equilibrio ecológico de la cuenca del Caura y otras zonas de Guayana, y destruyendo a su paso la posibilidad de vida de las generaciones presentes y futuras?... Creo, más bien, que el gobierno nacional debe insistir en poner coto a la actividad minera, sin agresiones violentas pero con mano dura, ofreciéndole alternativas reales a quienes se dedican a ésta, mientras los ambientalistas mostramos la otra cara de la moneda, el irreversible daño social, cultural y ambiental asociado a la minería en la zona.



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