P. Edronkin

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No hay que quejarse tanto cuando no correspondeSe critica mucho el imperialismo norteamericano y el daño ecológico implícitos en la construcción del canal de Panamá, pero ¿alguien lo podría haber hecho mejor?

La existencia del canal de Panamá no solamente facilita el comercio sino también las comunicaciones en general, ha disminuido notablemente la cantidad de naufragios que se producían alrededor del estrecho de Drake y Tierra del Fuego, con lo cual también ha disminuido la contaminación producida por los restos de los buques hundidos, posibilita la llegada de ayuda humanitaria más rápidamente y ciertamente ha contribuido al desarrollo de Panamá, guste o no.

Desde que el istmo de Centroamérica se cerró de forma natural por fuerzas geológicas hace ya millones de años, el paso entre el océano Atlántico y el Pacífico quedó reducido a dos vías naturales, por el sur y el norte del continente Americano, pero intentar atravesar el mar ártico o el Cabo de Hornos nunca ha sido de las ideas más populares del mundo entre los marinos.

Estados Unidos ha cometido numerosos atropellos en Centroamérica y desde luego que la construcción del canal de Panamá no podría hacerse de la misma manera hoy en día tanto por razones políticas como ecológicas, pero en este caso particular, las críticas que se le hace a aquel país que virtualmente forzó la construcción de dicho canal son desmedidas.

En primera instancia, el beneficio a nivel mundial de la existencia del canal, y no solamente en el aspecto comercial, es bastante obvio. En segundo lugar, la construcción del canal, pese a las presiones imperialistas de los Estados Unidos sobre la región y particularmente, sobre Panamá y su soberanía por muchos años, le han dado a este pequeño país un medio único para financiarse y tener un rol protagónico en el mundo. Y en tercer lugar, durante la construcción del canal, Estados Unidos no solamente aportó infraestructura y tecnología sino que también contribuyó en gran medida a la salud pública de los panameños con la erradicación de los mosquitos y focos infecciosos que asolaban al país.

Y en último lugar cabe la gran pregunta: ¿Quién lo hubiera hecho mejor? Si alguien hubiera podido o pudiera ¿por qué es que no hay otro canal? Por eso creo que si bien es importante no olvidar las cosas malas que ha hecho EE.UU. en Latinoamérica, es justo que tampoco olvidemos las cosas buenas, y el canal de Panamá es una de ellas.




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