Todo casco debe haber superado los test o cumplir con la normativa estándar homologada por la Unión Europea (CE), Estados Unidos (FCC) o algún otro organismo reconocido competente. Si se tiene dudas respecto de las certificaciones del casco (algo que se puede intuir en los que son muy baratos) mejor no arriesgarse.
Otra cosa importante al elegir un casco es prestar atención a las ranuras que tienen, pensadas para ventilar la cabeza. También se debe observar la existencia o no de visera frontal, porque les aseguro para el que no lo probó, que es poco menos que imposible mantener una gorra con visera abajo de un casco, ¡¡ya no hablemos arriba!!
Ciclista equipado con casco con vicera incorporada.
Un tercer aspecto al que hay que prestarle mucha importancia si decidimos comprar un casco duradero y seguro, es el mecanismo que nos permitirá ajustarlo a nuestra cabeza. Este puede ir desde una simples cintas con hebillas en los modelos más baratos y antiguos, que solían tener diferentes tamaños o talles y fijarse a presión por medio de gomaespuma o almoadillas que muchas suelen despegar con facilidad; hasta sistemas de ajuste más sofisticados y modernos (ahora estándar) a base de correas de plástico rígido y una combinación de broches y perillas que permiten un ajuste más automatizado, que se realiza normalmente rotando simplemente una ruedita.
Detalle de uno de los sistemas que permite ajustar un casco para ciclismo.
En todos los casos, las hebillas laterales o cinchas para el ajuste final suelen unir dos cintas que forman un triángulo, y si queremos que el casco esté bien ajustado, el vértice de la hebilla (el que apunta hacia abajo) tiene que confluir a la altura de la oreja que corresponde a ese cada lado de nuestra cabeza. Una vez ajustada y cerrada la correa abajo de nuestra barbilla, el casco no debe bascular ni oscilar, y ni debe permitirnos abrir por completo la boca al hacer el gesto de bostezar, comer, no permitiendo que la abertura sea de un tamaño que permita que nos metamos en la boca una pelota de pingpong aproximadamente (es decir, se debe sentir la tensión al abrir la mandíbula). Si no fuera así, tras una caída el casco podría salirse, y no serviría de mucho, o serviría de tan poco como el casco sin abrochar que usan algunos imprudentes conductores de moto.