El saber dionisíaco y la bohemia / Marcelo Gamero Aliaga


Marcelo Gamero Aliaga

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Para la mitología griega, Dionisio, Dionisos o también llamado Baco, es el primogénito de Zeus y de la mortal Sémele. Este personaje va a representar al dios del vino y del exceso, pero por otra parte, también va a ser considerado promotor de la civilización, legislador y amante de la paz, así como dios protector de la agricultura, del teatro y de la música. A razón de esto, Dionisio va a encarnar popularmente la emoción y el caos. Estas características contrastan con las de su hermano Apolo, dios del sol o de la luz, que representa la armonía, el orden y la razón.

Así, la figura de Dionisio tal como se perfila en nuestra civilización, no es sencilla; contiene diferentes matices de conflicto, desborde y sensibilidad. En consecuencia, esta orientación para la comprehensión de la sociedad en su heterogeneidad, se la puede denominar con el nombre de “saber dionisiaco”.

Esta “nueva” visión del mundo, es un saber con la capacidad de conocer, comprender y considerar la incertidumbre, el azar, el desorden, la efervescencia, lo trágico y lo no racional como algo válido y no menos llano.

Su amplitud y diversidad en el acto de conocer, vivir y coexistir, podemos encontrarla principalmente en la bohemia juvenil. Ciertamente la juventud, parece manejar y asociarse con mayor holgura ha dicho saber dionisiaco, sobre todo en lo que respecta al intercambio simbólico y la construcción de relaciones interpersonales.

El desenfreno y desborde muchas veces apreciado en la juventud, de la cual muchos de nosotros hemos sido parte alguna vez, parece ser incomprendida por completo desde el mundo adultocéntrico.

No es ningún secreto que el mundo ha cambiado y con este la juventud. Pero debemos tener en cuenta la responsabilidad por parte de nosotros en los nuevos modos de vida que han incorporado las nuevas generaciones.

En definitiva, para comprender esto, debemos tener presente como señalábamos anteriormente, un saber dionisiaco que incorpore por parte nuestra, mas allá de la invisivilización o de la estigmatización de la juventud, una nueva sensibilidad intelectual, necesaria para la comprensión de lo incontrolable e imprevisible de la vida social de las nuevas generaciones, lo cual sirva para la construcción de un nuevo “encantamiento del mundo” que relacione mejor y transversalmente a ambas generaciones.



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