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 Pablo Edronkin
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Cuando se está en el medio de cualquier actividad memorable como puede ser un viaje al extranjero en un intercambio cultural durante la adolescencia o temprana adultez, es importante dejar para sí y para otros buenos recuerdos.
Viajar, explorar, descubrir cosas, combatir, superar obstáculos, son cosas que definen al explorador y al viajero por algo más que simplemente placer o el interés de tener unas vacaciones tranquilas. Es entonces muy importante que al hacer estas cosas las realicemos bien, sin dejar malas impresiones o amargas memorias, no por cuidar las apariencias sino por nosotros mismos, porque como veremos brevemente, los recuerdos suelen ser más fuertes de lo que parece a simple vista.
Con el tiempo los recuerdos se transforman en más importantes que el propio acto que se recuerda, pues un viaje y una estadía de un año en otro país es algo que dura, justamente, un año. Pero el recuerdo de ese año va a durar para toda la vida y no solamente a la persona que ha tenido la experiencia sino para todas las que están alrededor. Si un estudiante de intercambio cultural vuelve a su casa a los dieciocho años, después de un año de estadía del otro lado del mundo, y vivirá unos setenta años más, ya se ve que para esa persona el recuerdo será setenta veces más influyente que el propio viaje, y si pudiéramos sumar los recuerdos de las demás personas, nos acercaríamos probablemente a los doscientos.
Traiciona a alguien una vez y te traicionarías a tí mismo cien veces.
A medida que la memoria empieza a tornarse borrosa y el tiempo pasa, los recuerdos que se ven con mayor claridad son aquellos que brillaron con el mejor sol o fueron arrojados sobre nosotros como brasas al rojo. Hasta Aristodemo reivindicó su desgracia en nombre del recuerdo. Esto quiere decir sencillamente que la fuerza de los recuerdos y su influencia a lo largo del tiempo es cientos de veces mayor que los propios hechos recordados. El eco de lo que hacemos siempre quedará, pero la cuestión es si se tratará de un melodía, ruido cacofónico o gritos de espanto.
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