Aristócratas o plebeyos

Clic aquí para contactar al autor
Pablo Edronkin

Lecturas sugeridas

El sonido de los recuerdos

Más vale creído que mediocre, más vale aristocracia que masa

Tótems versus exploradores

Las joyas de siempre

Clichés: Enemigos del pensamiento

Una objeción a los que objetan

No hay por qué inhibirse

Culturas diferentes

The Skowronek Bankers

Productos y servicios

Cosmic Cat - Un juego cósmico y gratuito

Ruleta Americana Gratis

Ruleta Europea Gratis

Jacks or Better Power Poker

Blackjack Gratis

Energía verde

Juegos gratis

Información deportiva y apuestas

Aumente sus ingresos para vivir libremente

Equipos y provisiones para la aventura

Equipos de supervivencia

En la vida tenemos una elección muy simple que nos definirá por el resto de nuestros días: Se puede pertenecer a la aristocracia o a la plebe y esto no depende ni del dinero ni la cuna o el color de la piel, sino de la actitud, porque la aristocracia, que significa "el gobierno de los mejores", implica incluso para la persona más poderosa de la Tierra también gobernarse a uno mismo con lo mejor que se tiene, con las características más nobles de su propia personalidad.

Incluso la conquista de los imperios empieza primero por el dominio de la propia mente.

La gente piensa usualmente en estereotipos al hablar de aristocracia pero se equivocan porque ser un aristócrata no es ser esclavo de lo material sino que en realidad se trata de un código de conducta que vincula a la persona a una forma de auto disciplina que por su propia naturaleza y si es utilizada sabiamente, es capaz de sacar lo mejor de la gente y conducirla así al éxito, a cumplir sus ilusiones sin importar qué tan improbables parezcan, y a las manifestaciones materiales y visibles de lo mejor, cosa que pueden observar los demás.

La aristocracia no es más que una herramienta para ser mejores. Si Alejandro Magno se hubiera conformado con las fiestas de las cortes de Macedonia, nunca hubiera conquistado el mundo. Incluso gente problemática como H.P. Lovecraft, capaz de convertir sus problemas en arte, se convirtieron en auténticos aristócratas; pero se puede vivir en el país de mayor y mejor estándar de vida del mundo, en una sociedad igualitaria y abierta, llena de posibilidades, nacer en una buena casa, ser exteriormente atractivo, viajar durante la juventud y hasta gozar de una educación universitaria, y tirar todo por la borda al día siguiente de obtener el diploma para convertirse en un ser desganado, sin entusiasmo o capacidad para hacer más que llenar un espacio en la atmósfera baja, clavado sobre la superficie terrestre hasta el momento de su entierro.

La aristocracia es perpetua y no puede falsificarse, porque si a una simple rubia adolescente de un oscuro pueblito ártico se le coloca una corona en la cabeza, lo único que se puede obtener es una reina de belleza que puede ser festejada dentro del mini estadio de la población por el frío que hace afuera y que al sacarse la corona al final del día terminará su reinado y no tardará en convertirse en una simple ama de casa únicamente capaz de fabricar niños durante un par de años hasta que el marido que la domina totalmente la tire a la basura, aún si se le intenta enseñarle media docena de idiomas y se la mande a la universidad; Pero si a una María Antonieta se le quita la corona, y le matan a los hijos y al esposo, si le colocan ropas de ama de casa y la pasean por la ciudad en un carro de ganado antes de cortarle la cabeza, va a seguir siendo una reina pese al show sangriento, aún siglos después.

Lo que la gente piensa que es la aristocracia es en realidad solamente la manifestación del espíritu aristocrático en la mente y el corazón. Siempre se está mejor siendo aristócrata incluso en las horas más oscuras, porque hasta los fracasos y las flaquezas del que es más crecen por encima y dan sombra hasta a los éxitos de los pequeños hombres de la plebe alrededor. Cualquiera puede conducir un Rolls Royce, pues tiene los mismos pedales y el mismo volante que cualquier otro auto; muchos podrían alquilar aunque sea por un día uno de estos autos, algunos podrán comprarlos, pero solamente el verdadero aristócrata capaz de entender la perfección será un auténtico y legítimo usuario.

No es la posición social, económica o política la que determina que una persona sea aristocrática, no son las invitaciones a las fiestas, los diamantes o los autos costosos, sino al revés, es decir, que el tener un espíritu aristocrático, que no debe ser confundido con el esnobismo - la persona crece y se convierte en alguien capaz de alcanzar sus sueños. Por eso es que entre la gente exitosa se puede diferenciar claramente al que es un aristócrata del que simplemente tiene dinero.

Otro asunto es el de la lealtad: Un aristócrata se define porque es leal y no un subordinado. Ser leales significa no abandonar aún en las peores circunstancias pues se cree que la causa común que se defiende es la mejor porque es justa. Subordinarse significa obedecer y en un extremo se justifica como la obediencia debida, la excusa perfecta para hacer aún las peores cosas. Un simple soldado es un subordinado de su superior mientras que un guerrero responde en definitiva solamente a su propio criterio pero se mantiene leal a su líder; los samuráis estaban atados a sus shogunes por códigos de lealtad y no por leyes y decretos. Una esposa sumisa que pare críos a mansalva no es fiel sino una subordinada del marido que la aprovecha, pues no tiene otra posibilidad mas que prepararle la mesa por temor a que su superior le diga "...sabías que iba a terminar..." y desaparezca dejándola con niños que alimentar. Un esposo como tal no es leal, sino un parásito verdadero, un zángano.

Un aristócrata va a tener el valor de perder una batalla e incluso morir por sus ideales en ella si con eso deja un eco para la posteridad. Los desfiles de victoria son para los demagogos, el populacho y la soldadesca pero solamente un líder aristócrata - si sobrevive - es capaz de desfilar en su derrota para levantar los ánimos de la gente y los guerreros, y con eso envía otro susurro hacia el futuro porque el fin de la aristocracia es dar el ejemplo, y a causa de esto, negar la existencia de una aristocracia equivaldría a buscar la destrucción de cualquier sociedad que busca guiarse por valores más altos que las acciones diarias de la vida común.

Un verdadero aristócrata nunca va a dejar de pedir disculpas por sus desaciertos ni corregir sus errores, no va a abandonar a los necesitados, no va a ser desleal con los amigos ni cruel con la gente o la naturaleza porque esas acciones se relacionan en valores universales, comunes a todas las sociedades. Un aristócrata, si aplica un castigo, siempre reservará un poco de su tiempo posteriormente para revisar sus acciones y hablar con aquellos que han sido sancionados para asegurarse de que las imposiciones no han resultado en crueldad ni dolor innecesario o imprevisto, extenderá su mano y reconstruirá cualquier vínculo roto.

Un aristócrata saludará incluso a sus enemigos si prueban ser valientes y siempre despreciará a la cobardía incluso entre los suyos, pues esta es su antítesis, la ausencia de todo valor defendible o real.

La llave para obtener la fortuna de la aristocracia consiste en tener un auténtico corazón de oro, los testículos del auténtico guerrero y la mente de un auténtico intelectual, así que cuando usted vea o escuche a alguien señalando a un individuo que se mueve en aparente utopía, pelea hasta el final y habla de cosas difíciles de entender para la muchedumbre, estará enfrente de plebeyos intentando juzgar a un aristócrata.

La riqueza del aristócrata no es dinero sino su espíritu; el poder y las posesiones materiales que usualmente se asocian con la aristocracia, si esta es verdadera, devienen de las acciones encaradas consistentemente con dicha filosofía a lo largo de toda una vida e incluso generaciones, porque solamente se puede mantener y acumular auténtica riqueza si se actúa con respeto y sin desprecio por los demás, porque si se desprecia a los otros también se desprecia a los propios, lo propio y lo que se tiene. Por consiguiente, los verdaderos aristócratas siempre disfrutan de la riqueza adquirida honesta y sabiamente, y si la vida parece no funcionar para algunos, sí lo hace al final para los aristócratas y por eso parecen tener más suerte, porque haciendo las cosas bien se contribuye a que la vida se ayude a sí misma.

La aristocracia pura es el culto a la belleza interior, y no todos somos interiormente bellos; tampoco es posible comprenderla para muchos puesto que parece ser el destino de las personas realmente grandes el ser aplaudidas pero rara vez comprendidas. Si fuéramos todos realmente iguales entonces todos actuaríamos de la misma manera pero la realidad muestra que no es así, porque hay buenos y malos, mejores y peores, capaces e incapaces... en otras palabras, hay aristócratas y plebeyos y no importa cuantas vueltas de el mundo o qué circunvalaciones pueda dar el lenguaje políticamente correcto, lo único que va a cambiar es la definición material de la riqueza y los estereotipos que se derivan de ella, porque terminar la vida con logros bajo el brazo, ya sea en los tiempos de Roma o en la actualidad, y como un aristócrata empieza por asumir en la vida, un día en la juventud, que no hay que hacer las cosas más fáciles sino las correctas y por sobre todo, que nada es imposible.



Búsqueda rápida.

Videos

Páginas web relacionadas

Foro de Andinia

Normas para la reproducción de este artículo

Otros

Artículos Directorio Tienda Foros

Exploración, naturaleza, deportes y aventura al aire libre en © Andinia.com