El viento que agita el prado - Cine sin anestecia


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Norma Risso

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Hay películas que deberían advertir a los espectadores sobre su contenido para evitar éxodos notorios apenas comenzadas. Esto dicho de un film que acaba de alzarse con la Palma de Oro de Cannes puede resultar políticamente incorrecto y hasta de mal gusto.

Sin embargo, El viento que agita el prado, con excelentes actuaciones (muy especialmente la del joven irlandés Cillian Murphy) música auténtica y apropiada y una historia creíble y muy cinematográfica, peca precisamente de excesos, a mi juicio innecesarios, para mostrar la sinrazón de cualquier guerra, a pesar de la justicia de su motivación.

Si lo que se pretende mostrar es justamente la locura que conlleva un enfrentamiento entre seres humanos matándose sin piedad, el mensaje podría haber sido igualmente efectivo con menos sangre y sin tanto primer plano de muertes horrendas.

Lo peor de la naturaleza humana se muestra descarnadamente desde las primeras escenas de la película. No hay respiro, no hay escape posible, ni siquiera la válvula del humor o la escena amorosa colocada a tiempo, justo para poder continuar luego con la dosis de crueldad planeada.

Ninguno de estos recursos utiliza Ken Loach, el director de El viento que agita el prado, para permitirle al sufrido espectador llegar al final sin desmayar. El título resulta engañosamente bucólico y no se ajusta a lo que luego nos presentará el film.

La historia se remonta a 1920, a una Irlanda sufrida y rural, poblada por campesinos pobres que sirven a los caballeros ingleses, mientras sus niños mueren de hambre. El surgimiento de un ejército popular irlandés, el IRA, formado mayoritariamente por jóvenes, resulta la respuesta inevitables para resistir ante la corona británica. La dominación imperialista de los ingleses protestantes sobre el pueblo irlandés católico, se muestra en toda su brutalidad.

Las escenas de tortura, fusilamientos y ataques despiadados a la población civil, por parte de los uniformados británicos, se continúan sin pausa con las acciones guerrilleras del IRA, tan devastadoras y sanguinarias como las de su enemigo. Pero eso no es todo, aún se puede mostrar más sobre la maldad del ser humano, y entonces, como para que nadie ose suponer que hay buenos y malos, para que nadie tome partido desde su cómoda butaca mientras la sangre tiñe de rojo la pantalla, se muestra a los irlandeses en el poder cometiendo las mismas atrocidades que los soldados al servicio de la corona, pero ahora contra su propio pueblo, contra sus ex compañeros de armas.

Utilizando su estilo descarnado, el mismo que nos propuso en Tierra y Libertad, Loach no vacila al mostrar las contradicciones que se dan al interior de los grupos revolucionarios armados.

Sin duda la película responde a la verdad histórica y puede ser un golpe en la conciencia de irlandeses y de británicos y, por qué no, de tantos otros grupos que siguen guerreando por el ancho mundo. Pero una vez más cabe preguntarse ¿había necesidad de tanta sangre?



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