Cuando me entregan un avión para volar, hay dos cosas que hago antes que cualquier otra.
Primero que nada, me fijo en toda la papelería; odio la burocracia pero cada aeronave tiene sus papeles que incluyen los certificados de aeronavegabilidad, matriculación, habilitaciones varias, plan de vuelo, póliza de seguro, mi licencia y habilitación, etc.
La limpieza es fundamental en la aviación.
El listado completo de estos documentos puede variar un poco según el tipo de aeronave y la misión que se piensa llevar a cabo, pero la papelería no deja de ser importante y es decisiva en cuanto a todo lo que se pueda hacer o no con el aerodino en cuestión. En este momento también habrá que controlar la documentación de los pasajeros y la carga, así como presentar el plan de vuelo y controlar los cálculos de consumo de combustible, peso y balanceo, etc.
Dicho de otra forma, no se puede volar sin tener los papeles en regla y por lo tanto, si ese fuera el caso, no valdría la pena ni perder tiempo cargando combustible o efectuando la inspección de pre-vuelo.
Si está limpio y cuidado, un avión de 1947 como éste, parece y está como nuevo.
Y una vez que he verificado los odiosos pero imprescindibles papeles, lo que hago es limpiar el avión. Esto lo hago antes de inspeccionar cualquier otra cosa y de forma separada de tal procedimiento a fin de no confundir las cosas y al pasar dos veces por los mismos lugares y partes de la aeronave, minimizar la posibilidad de olvidar observar algo. En otras palabras, me ayuda a realizar virtualmente dos inspecciones.