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Cómo la Argentina perdió la Patagonia (VIII)

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El Presidente argentino sólo atinó a agregar: -Evidentemente Ud. me chantajea y lamentablemente no puedo escapar al chantaje. En Buenos Aires no nos dimos cuenta de que estábamos armando una bomba de tiempo con estas obras de El Chocón y esta historia del gas y del petróleo. Tendríamos que haberlos tratado realmente como colonos y puesto una fuerza armada al lado de cada dique y cada gasoducto u oleoducto. Pero ahora Ud. me tiene en sus manos. Pero dígame sinceramente si es cierto que Chile y Gran Bretaña reconocerán a su gobierno. -Vea Sr. Presidente...- contestó el Presidente patagónico - ... no sólo que lo harán inmediatamente, sino que harán declaraciones manifestando que toda agresión hecha a los Estados Unidos de la Patagonia será considerada un acto de guerra contra sus propios países y si sus servicios de inteligencia, Sr. Presidente, funcionaran correctamente, habría sabido antes de salir para aquí que ambos países han dado orden de movilizar todas sus fuerzas armadas. Pero hay algo que seguramente a Ud. lo compensará de estas cosas tan desagradables. Gran Bretaña entregará las islas Malvinas, Sandwich y Georgias del Sur a la soberanía de los Estados Unidos de la Patagonia y formalizará con nosotros un tratado de paz que lleva implícita nuestra participación con todos nuestros productos en el mercado inglés y de sus dominios a cambio de la preservación de los intereses británicos que sean afectados por el cambio de soberanía. Chile, por su parte, nos integrará el dominio de las tres islas del Beagle. -¡Nos queda Brasil! - exclamó el Presidente argentino - Se opondrá al dominio de los mares del Sur por una nación extranjera. Se unirá a nosotros. Lo mismo Paraguay, Venezuela, Perú y Colombia. Con mucha calma el Presidente patagónico le alcanzó un télex que decía: "ltamaraty ha informado confi-dencialmente a nuestro enviado que está emitiendo un comunicado al Gobierno Argentino advirtiéndole que cualquier acción armada contra los Estados Unidos de la Patagonia será considerada como el rompi-miento del necesario equilibrio en los mares del Sur y obligará al Brasil a movilizarse sobre la frontera ar-gentina y uruguaya". El Presidente argentino, bajó sus brazos. Se tomó la cabeza entre las manos y dijo:

-¡Qué desastre! Qué ciegos hemos estado!, Malditos porteños!.

Cuando los dos Presidentes salieron de la carpa y se unieron a sus acompañantes el viento patagónico so-plaba con toda intensidad sobre el inmenso erial. Las caras mostraban las distintas emociones. No había evidentemente triunfadores, más bien un sentimiento de amargura predominaba en todos y alguna lágrima de rabia se escapaba de los ojos de muchos de un lado y de otro de los que ayer hermanos, hoy estaban di-vididos por una frontera que había levantado con el tiempo la desidia de los gobernantes porteños.





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