Eduardo J. Carletti

¿Por qué no insectos? (I).

Por Eduardo J. Carletti.


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¿Una fuente de termitas tostadas, crujientes galletas de orugas, moscas fritas a la francesa? Escojamos ya sea voluntariamente o no tales platillos, la mayoría de nosotros comemos cada día, sin darnos cuenta, grandes cantidades de fragmentos de insectos y también otros artrópodos, como los ácaros.

La FDA (Dirección de Alimentos y Medicinas en EEUU) fija que puede haber hasta veinte huevos de la mosca drosófila en un vaso de jugo de tomate, 75 trozos de insectos en 55 mililitros de chocolate caliente y establece que una porción de brócoli congelado puede contener hasta sesenta pulgones, tisanópteros o ácaros. "Resulta imposible eliminar todos los insectos de los alimentos —afirma el entomólogo Edgar Raffensperger, de la Universidad de Cornell—, pero no representan ningún peligro para la salud".

La entomofagia, o costumbre de comer insectos, posiblemente se produce inadvertidamente en los países desarrollados, pero para muchas personas se trata de una decisión consciente. Las termitas tostadas representan un agasajo codiciado por muchos africanos; las chinches de agua gigantes al vapor son estimadas en Laos, al igual que las chinches tostadas de la madera en México. En Brasil, las hormigas son servidas en una salsa y con curry en Tailandia, mientras en Indonesia los grillos se sazonan y se ponen al vapor envueltos en hojas de plátano. En Argentina, los guaraníes suelen ampliar su dieta con unos riquísimos y gordos piojos e incluso los gusanos de seda.

Insectos y más insectos.

Mientras la mayoría de los occidentales ya encuentran repulsiva la misma idea de comer tales alimentos, no meditan dos veces para devorar un "hotdog" común y corriente, que posiblemente incluye entre sus ingredientes escroto, cerebro, labios, ojos, hocico, cola y tripas de vaca o cerdo. Una langosta de mar, considerada exquisitez en todo el mundo, es un feo artrópodo de aspecto insectoide lleno de patas, pinzas y antenas. Los moluscos, entre ellos los de tierra, se comen con gran placer en mesas distinguidas, y sin embargo antes de cocinarlos son animales gelatinosos, llenos de baba y por lo general de aspecto blando, humoroso y desagradable. Lo mismo puede pasar si se observa un pulpo antes de cocinarlo. "Nuestra aversión a ciertos alimentos es determinada por costumbres y hábitos —afirma Raffensperger—. Muchos insectos son deliciosos y contienen más proteínas, calorías y grasa que la cantidad equivalente de carne de vaca".


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