El Gea

Sobre el olvido y las Instituciones (I).

Por Hariel Hartlich.


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Hay hombres que no merecen ser olvidados. El suboficial de la Prefectura Naval Argentina Juan Antonio Azic (alias Piraña) picaneó frente a su padre al hijo recién nacido de Carlos Lordkipanidse.

Esta semana leí el libro de Miguel Bonasso, Recuerdo de la Muerte. Son muchos los nombres que en Argentina no deben olvidarse. La dictadura militar dejó un legado inolvidable, lleno de nombres y apellidos. La libertad en manos del olvido puede llamarse impunidad. Olvido premeditado hijo bobo de la cobardía.

En las calles de La Habana difícilmente alguien pueda imaginar que quien torturó a un bebé pueda morir de viejo y mucho menos que pueda transitar por una de esas calles embebidas del sudoroso eco colonial de esta porción del caribe. En Cuba los Azic fueron una realidad hasta el primero de enero de 1959, desde entonces, los que lograron escapar, refugiados a 180 km. de estas costas anhelan retornar. El pueblo cubano no se olvida de ellos. En Cuba torturador y libertad son términos antagónicos.

En estos días se decidió en Argentina crear un museo de la memoria en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). La escuela donde se torturaron y masacraron a más de 4.000 argentinos, la escuela que goza de reconocimiento internacional por la desaparición de las monjas francesas y la joven sueca Ragnar Hagelin. El 23 de junio de 1987 Azic y los oficiales de la Armada: Acosta, Whalmond, D'Imperio, Duna, Astiz, Pernías, Capdevila, Scheller, Carella y el Prefecto Antonio Febres, se beneficiaban con libertad del olvido, la Ley de Obediencia Debida era una realidad. Los que llamaban tareas de inteligencia al servicio de la seguridad nacional al crimen la tortura y el terror, no tenían que responder por sus crímenes, las instituciones premeditaba el olvido.

En Argentina se derogó la Ley Obediencia Debida, la premeditación del olvido comienza a diluirse en la memoria. La ESMA se enarbola como un símbolo. Los torturadores, los criminales, los genocidas no pueden olvidarse.

En todos los colectivos cubanos (guaguas) pueden verse a diario militares que van o regresan de sus unidades. Exhibiendo sus uniformes y sus grados que llegan hasta dos o tres estrellas, transitan sin armas entre el pueblo del que son parte. Un pueblo que por memoria construyó una sociedad sin impunidad, con instituciones que cumplen el rol que deben cumplir, sin escuelas de terror.





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