El Gea

"La Tierra Yerma" (IV).

Por El Sigma
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"Eso" no se regala; "eso" no se pierde; tampoco con ese objeto se gana. Sólo está al servicio de testimoniar un odio y una culpa visceral. La omnipotencia de Diego, hacía red con la del padre, cuya decisión avala el capricho de la moto, a la que Ana se oponía. 
En dos años de duelo había dejado de soñar. Invitada a recuperar sus sueños, una cama matrimonial, de fiesta con amigos, la conduce a pensar un deseo de femineidad que se enterró junto a su marido. 
Pródiga de dulces, caminando por el mundo de sus muertos trae un sueño de un gran diluvio que brota desde el techo de su casa. 
Grandes pérdidas de agua la llevan a deducir que, para la pérdida, su vida no ha encontrado techo. 
El accidente de Diego recrea una fecha anterior a la muerte del padre del paciente, dos años antes, "fue un designio",
murmura, "para los dos". 
Asocia que la herencia paterna le dejó un legado: "Caminar siempre adelante". Caminar y caminar y caminar, "cerrando los ojos para que no broten lagrimas". 

El cuerpo de Ana estalla con el de su hijo. 
Una operación de hemorroides en simultánea al primer tiempo de duelo la deja desgarrada, un meticuloso cirujano cierra su corte con tanto esmero, que no deja resquicio alguno, para advertir que allí hay un agujero. 
Nada sale de lo que entra. El dedo preciso de su marido, a fuerza de imprimirle al borde su juego, logra abrir un sitio que ella experimenta como clausurado. 
El hijo que queda, los desprecia. Demasiado amor para uno solo. En complicidad con su flamante esposa, (que se dedica a ignorar la soledad de sus suegros), desestima al igual que el padre, cualquier rito que evoque a su hermano o cualquier fiesta que pueda olvidarlo. 
Un sueño la recupera en estado de plenitud. Un perrito, cachorro tierno, (como la sonrisa que retorna desde la foto de mi hija, que está sobre mi escritorio), con aire
juguetón, deja sus restos excrementicios sobre el diván del consultorio. 
Un perrito juguetón hasta el punto de lo insoportable, que la lleva, con profunda inquietud a perseguir por veinte años a un hijo siempre en peligro. 
Esboza un ¿por qué? El cual no tiene respuesta. Tiempo de reflexión del sujeto, que abre la dimensión del movimiento inconsciente. 
Asocia que los restos sobre el diván, signan el alivio de un cuerpo que, no retiene sus desperdicios. 

Un sueño la muestra flotando en el aire mientras se dice que está sostenida por hilos transparentes, que le permiten hacer piruetas sobre un vacío estremecedor. 
Clarita como el agua, me dice que se siente en el aire. Tantas piruetas "para ir hacia delante", portan su riesgo. 
Un solo hilo que se corte por lo más fino, podría hacerla caer dentro de un oscuro abismo. 
La sesión había tenido una particular antesala. 
Unos minutos antes de su hora, fresca y anticipada, me encuentra regando plantitas. 
Preocupada por una tierra seca, sufrida en tiempos sin agua, me dice que ella tiene un largo aprendizaje de cómo hacer crecer vida de una tierra muerta, aclarándome que mi acto de riego es imprescindible para nutrir tanta grieta. 
La piedra gira con el sujeto, acto vital de la transferencia en el inicio de tratamiento. 
Le digo que acepto su propuesta de enseñanza, y que a partir de este tiempo del análisis el diván acompaña sus lágrimas. 

Bibliografia

S. Freud, Mas allá del principio del placer 
S. Freud, Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la
muerte 
S.Freud, Lo perecedero 
J. Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis

Por El Sigma





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