El Gea

"La Tierra Yerma" (II).

Por El Sigma
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La pulsión de muerte intrincada dialécticamente al empuje de la vida, conduce la propuesta lógica de Lacan, de que el proceso de análisis debe actuar para recordarle al analizante su inminente muerte y que éste debe alcanzar la realización subjetiva del ser para la muerte, abriendo el juego al sentido de nuestra existencia. En el sueño freudiano: ''Padre no ves, que estoy ardiendo" Lacan lee lo más íntimo de la relación del padre con el hijo, que viene a sugerir lo que ella es más allá, en su sentido de destino.

Entre lo que sucede como por casualidad, por azar, cuando todo el mundo duerme -el cirio que cae y el fuego en la mortaja, el acontecimiento sin sentido, el accidente, la mala suerte- y lo que hay de punzante, aunque velado, en el Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?, existe la misma relación con la que nos encontramos en la neurosis de destino" Ante un campo que no es más que muerte como imposibilidad lógica, el narcisismo un orden satisfactorio para el sujeto, es donde el sujeto halla apoyo para una ignorancia fundamental, "rebajando la muerte de la categoría de la necesidad a la de un simple azar". 
Carácter, pena y aflicción se conjuran en la afirmación narcisista de una pura reproducción, el menoscabo de la pérdida se afirma en una existencia endurecida, ante el sentimiento melancólico de una herida irreparable en el cuerpo del yo, la identificación imaginaria fija al sujeto en una escena para él, previsible, calculable, sin reductos desconocidos, que lo alivia al desconocer la incertidumbre que lo acompaña.

La queja del poeta, para quien el carácter perecedero de lo bello lo deja en la imposibilidad de gozarlo, es refutada por Freud, afirmando que el que algo vaya ha ser perdido, no menoscaba su valor, al contrario las limitadas posibilidades de gozarlo, lo tornan aún más precioso. La máscara de piedra invade la escena, el sujeto se instala en el puerto seguro del yo ideal, posición de riesgo subjetivante el día que el Otro de su destino les falta. Un duelo detenido en la identificación a un rasgo del objeto amado, acuña en esa marca un rasgo de carácter, la sombra del objeto cae sobre él, tomando como impronta la consistencia del objeto perdido. La ambivalencia no reconocida al objeto se refugia en la dureza del rasgo, como una operación defensiva, que incorpora al yo ideal el objeto perdido, recuperándose la integridad narcisista en la afirmación caracterial.

El "yo soy" cicatriza la herida del moi, siendo la egocentría del carácter, el testimonio del máximo desamparo subjetivo para tramitar lo perdido. La tierra yerma es un texto clínico que recorta la oblatibidad de la donación de órganos, como matiz del duelo materno, un duelo maziso salvaje, en su semejanza al diluvio universal. 
Acaso un nuevo cuerpo, el de receptor de órganos de nuestros días, hace las veces de vasija, apuntalando alguna oscura esperanza como en el caso de nuestra analizante, de una resurrección, parcial, fragmentada, glorificada, del objeto.





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