El Gea

El Güeyu Deva (I).

Por José Luis del Río Fernandez - Xesús Fernando Manteca Fraile - Isidro Baides Morente - Juan José Alonso.


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28 de Febrero de 1998

"Mi cara se aplasta contra un suelo lleno de piedras. Pego con la espalda en el techo y el suelo de la galería me aprisiona el pecho. No soy capaz de mover la cabeza. Intento hacer fuerza con las aletas, pero tampoco puedo mover bien los pies, así que no hago más que remover el limo y enturbiar el agua detrás de mi. A pesar de esto, todavía veo unos 10 metros de galería delante de mi, antes de perderla en la oscuridad. En la mano derecha sujeto firme el carrete de la línea de vida. Pienso que llevaré recorridos unos noventa metros en este laminador, a siete metros de profundidad, donde el techo casi pega con el suelo mientras no es posible calcular bien su anchura: ¿ cinco, diez metros quizás? Estoy atascado. Pienso ahora que acertamos al decidir que Lauri y yo no entráramos juntos esta vez. Hago dos inspiraciones profundas del regulador, mientras siento el corazón golpeándome en el pecho. Intento tranquilizarme. Tengo aire de sobra, no hay que ponerse nerviosos. Entré en este sifón con las botellas nuevas que Delri y Teca portearon hasta el Altar de Deva. Ahora están esperando por mi ahí fuera, muy cerca. ¿Cerca? Mejor olvido que llevaré recorridos unos noventa metros en este laminador. Ahora mi respiración es más regular. Me relajo algo más. Cojo con fuerza el carrete y voy deslizándome con dificultad hacia mi izquierda, donde parece que el paso es más franco. Me encuentro en el décimo sifón de El Güeyu Deva, a ochocientos metros de ningún lado, en un lugar donde nadie había llegado jamás".

Espeleologia y exploracion: espeleobuceo.

Mientras Javier Lusarreta explora el décimo sifón de esta cavidad, Jesús Fernando Manteca, Laureano Llata y José Luis del Rio esperamos en la galería, cerca del pozo de agua azul y fría. Si nos damos cuenta de ello -en comparación- ha estado más gente en la Luna que en este lugar. Llevamos veinte minutos esperando, es mucho tiempo. Pero contamos con que seguramente nuestro amigo ha llegado a otra galería aérea: estará echándole un vistazo. Charlamos despreocupados mientras dejamos pasar los minutos, alumbrados por una sola luz -hay que ahorrar, nunca se sabe-, arrullados por el murmullo del agua que corre por detrás de nosotros. A pesar de esto, nos parece que ya comenzamos a mirar el reloj más de la cuenta.





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