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Sobre lo humano (¿o sobre Dios?) (VII)



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En matemática el "infinito" se maneja como una variable, es decir, como algo indeterminado, como algo que no se conoce y se despeja de "aquí" para ponerlo "allá".

En filosofía el "infinito" significa otra cosa. Significa la cualidad de un ente que carece de límites, ya sea relativamente y bajo cierto aspecto, o absolutamente y bajo todo aspecto. Por ejemplo, una línea recta que se prolongara indefinidamente en ambas direcciones sería infinita desde el punto de vista de la longitud, pero a su vez sería limitada espacialmente en otro sentido, puesto que sin ciertas limitaciones espaciales no se puede tener una línea.

Esto es lo único que podés hacer con la totalidad, pues esta no "entra" en tu mente, ni en la de nadie, porque desde el punto de vista de la racionalidad, la "totalidad" no puede ser contenida por nada.
Es muy simple, "todo" no puede ser abarcado por "algo".

Y sin embargo, para poder decir eso con sentido es necesario tener una idea válida del "todo", obviamente. Hay que distinguir, además, entre "todo" y "el todo". Sólo Dios puede conocer "todo". Pero "el todo" puede ser conocido, en sus contornos generales, por así decir, de un modo abstracto pero verdadero, por los seres racionales incluso finitos. La filosofía no aspira a un conocimiento detallado de "todo", obviamente, sino a trazar un "mapa" acertado de la realidad en su conjunto y del puesto del hombre en ella.

Precisamente, si el "todo" no puede entrar en "algo", y entra en la mente humana, quiere decir que el hombre no es pura y simplemente "algo", sino que tiene cierta afinidad con el "todo", que es lo que vengo diciendo.





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