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Sobre Dios (¿o sobre lo humano?) (VII)



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Estamos aquí, entonces, sin haberlo querido, y sin saber tampoco, en principio, porqué, ni de dónde, y con la capacidad de hacernos todas estas preguntas, y muchas otras, y sabiendo que no vamos a estar siempre. ¿No es ello un poco extraño?

¿No será que la costumbre nos ha vuelto ciegos para la maravilla fundamental de la existencia?

¿Y en qué mundo hemos venido a existir? ¿Un mundo anodino, simple amontonamiento casual de existencias desordenadas y sin significado? Ciertamente que no. Un mundo altamente complejo, en gran parte aún desconocido por nosotros, pero ciertamente no a causa de su falta de orden, sino por la vastedad inmensa del orden que lo rige. Leyes de todo tipo: físicas, químicas, biológicas, psicológicas, morales.

Algunos invocan a una deidad llamada Naturaleza que benévola y sabiamente organiza todos esos efectos.

Nuestra inteligencia es y no es ( en sentidos diversos...) una novedad absoluta en el universo. Einstein se asombraba de que la Naturaleza supiese tantas matemáticas.

Y finalmente, todo a nuestro alrededor comparte con nosotros la característica de haber venido a la existencia. A todas las cosas que vemos el existir les ha acaecido. Así como esto existe, hay otras cosas que podrían igualmente haber existido, y no existen. Luego, esto también podría no haber existido. Y todo lo demás, igual. Bien podría, entonces, no haber nada ahora. Y bien podría no haber habido nada en algún momento del pasado. Pero entonces, ahora nada existiría. De la nada, nada sale.

¿Y entonces, porqué hay algo, en vez de nada?





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