El Gea

Sobre la complejidad de educar en valores (XXV).

Por Juan Ramón Tirado Rozúa, José Luis Ramírez, Aldo Mazzucchelli, Gustavo Lubatti, Cora y L.


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Aldo parece dudar, como tantos otros, del carácter incorrupto de la retórica. ¿No es verdad que la retórica sirve tanto para convencer de lo bueno como de lo malo? Dirá.

En primer lugar la retórica como arte de hacer audible y comunicable la praxis, también es el arte de deliberar sobre la poíesis. La retórica puede hacerse muy instrumental, pero eso no impide su nivel originario superior. La retórica es la deliberación sobre lo bueno y lo conveniente. Y lo bueno y lo conveniente puede considerarse a nivel de praxis (lo éticamente bueno) y a nivel instrumental. La deliberación de la praxis es la que decide cuales son las metas a alcanzar y los productos a crear, cuyo valor es juzgado en la deliberación ética. Pero una vez decidido lo que hay que hacer, se trata de hacerlo bien, es decir de hacerlo no con prudencia sino con habilidad. No es el cocinero el que sabe lo que es la buena comida, sino el comensal, dice Aristóteles. Pero sin buenos cocineros tampoco se logra esa comida que el comensal apetece. La labor de la prudencia es iluminar y dirigir todo el hacer humano, incluso el hacer científico que también es una producción, para servir a unos fines sociales superiores.

Pero el hecho de que la retórica se pueda utilizar para el mal le viene de su carácter instrumental. Todo lo que se puede usar para el bien se puede usar para el mal. Ya lo dice claramente Aristóteles que prefiere un artesano que haga un producto mal a sabiendas que otro que lo haga bien por mera casualidad, como el burro flautista. Pues el que sabe que lo hace mal, sabrá hacerlo también bien. Estamos al nivel de la poiesis. Ahora, el hombre bueno y prudente es el que sabe distinguir entre lo conveniente y lo no conveniente para el hombre. El prudente no puede obrar mal. Podemos usar el arte retórico para embaucar, pero su finalidad o telos es buscar lo recto. Pues tampoco las artes son para hacer mal las cosas, sino para hacerlas bien. Nadie se hace arquitecto para hacer casas malas ni ingeniero de puentes para que se le hundan los puentes. Pero el que sabe usar de un arte, puede naturalmente hacer mal uso de su habilidad.

No es la retórica la que crea la bondad. Yo no he dicho eso, Aldo. Pero es la retórica la que nos ayuda a dilucidar lo que es bueno. El órgano de la deliberación sobre lo bueno y lo conveniente. La lógica es el órgano de la dilucidación de lo verdadero en un sistema de términos unívocamente definidos a priori. Sobre todo un sistema lingüísticamente establecido. En la retórica intervienen no sólo las palabras, sino todos los elementos de una situación, incluso el silencio.

Sin deliberación y concordia no podríamos saber de las intenciones del otro ni coordinar nuestras opiniones y nuestras acciones, lo cual nos perjudicaría a todos. Y esa deliberación es posible si partimos de un fondo común, de una tópica que nos permite entendernos (esa es la inventio, no un mero arsenal de argumentos, sino un hábito de pensar y valorar de una misma manera).

La necesidad ética de la retórica está pues en la condición social del ser humano. En otro caso bastaría con el impulso intuitivo y emocional.

Aquí lo dejo, Aldo

José Luis Ramírez





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