El Gea

Sobre la complejidad de educar en valores (I).

Por Juan Ramón Tirado Rozúa, José Luis Ramírez,
Aldo Mazzucchelli, Gustavo, Cora y L.


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Juan Ramón Tirado Rozúa escribió:

Educar en valores en una sociedad ideológicamente plural, como es la nuestra, resulta una tarea sumamente compleja. Si a ello unimos la actual conciencia de crisis de valores existente y la falta de consenso sobre qué valores y cómo se deben transmitir, parece tornarse ésta en una tarea cada vez más ingrata, aunque no por ello se puede posponer.

Numerosas cuestiones irrenunciables aparecen ya antes de iniciar el proceso educativo. Sirvan a modo de ejemplo las siguientes: ¿En qué consiste un auténtico desarrollo personal? ¿se debe mantener una esmerada ecuanimidad ante las diversas opciones de vida o se han de indicar modelos de excelsitud a seguir? ¿Debe la educación preparar hábiles competidores en el mercado profesional o formar personas íntegras? ¿Se ha de potenciar la autonomía personal o la cohesión social conformista? ¿Se ha de apostar por la eficacia utilitarista o por la creatividad ociosa? etc.

Responder a estas cuestiones irrenunciables de un modo cabal dista mucho de ser fácil, pero tampoco es suficiente. Las exigencias educativas de las sociedades plurales, tecnificadas y complejas son cada vez más crecientes. Además, nos encontramos con que la escuela no es la única institución con funciones educativas. De modo que, paradójicamente, los mensajes que transmiten diferentes instituciones con frecuencia suelen ser antagónicos. La familia ha caído en una profunda crisis: los padres no asumen la responsabilidad de ser padres, relegándola a la escuela e, incluso, los medios de comunicación televisión). La sociedad neoliberal postmoderna en que vivimos, por otra parte, irradia un discurso axiológico impregnado de incoherencias que dificulta cualquier pretensión coherente de hacer una educación en valores. Niños y jóvenes reciben un doble mensaje o doble moral, que vicia y desvirtúa toda educación en valores, pues a menudo la praxis cotidiana está dominada por el éxito de contravalores. Mientras en el plano de las declaraciones teóricas los grandes principios y valores heredados de nuestra rica tradición cultural están omnipresentes, en el plano de la realidad triunfa el hedonismo superficial, pragmático, acomodaticio e individualista. Así, no es difícil observar declaraciones solidarias y tendentes a la cooperación junto a acciones de competitividad e
individualismo extremos; abogar por la concienciación ante el deterioro medioambiental, mientras no se pone ningún freno al propio consumismo irresponsable...

Ante esta situación, la apuesta por la educación en valores ha de afanarse francamente, aunque sea casi como proyecto contracultural, en preparar al alumnado para ENTENDER (¿por qué las cosas son como son?), para SER (autonomía personal solidaria) y para ACTUAR (actitud responsable y
comprometida), desde la coherencia entre teoría y práctica, entre discurso y acción.

Málaga, 5.4.2002





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