Reflexiones filológicas (III).



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Por la reacción que causa su pronunciación en diversos ámbitos, estas palabras no son conocidas ni trasladadas allí donde no serían bien acogidas. 
Uno no maldeciría a Dios en una iglesia, y para muchos Dios está en todas partes... Para los medios de comunicación parecen no existir (los insultos, Dios, no se sabe...), y esa es la principal razón por la que no se conocen en otras regiones y culturas. 
Por esa misma razón es por la que un insulto nunca parece estar bien traducido, incluso dentro de las variantes de un mismo idioma, como es el español.

Para poner un ejemplo, un argentino nunca entenderá plenamente a través de un sinónimo lo que significa ¨cachondo¨, de la misma forma que un español no comprenderá lo que hay que entender por ¨boludo¨ a través de una traducción.

La única posibilidad de comprensión en estos casos, al igual que entre dos idiomas diferentes, radica en el uso, en la práctica de la lengua en cuestión. 
Y el uso habitual de un insulto es el último que se conoce dentro de la práctica coloquial de otro idioma. Eso es lo que aísla a estas expresiones del resto, y les otorga un sabor anacrónico y milenario, un olor a viejo y ancestral que nos hace sentir que no pueden ser dichas de otra forma.

Resulta pues, que al querer hablar en otra lengua (ya sea el mismo idioma o no) las mayores dificultades se encontrarán a la hora de querer expresarse con soltura, con cotidianeidad, es decir maldiciendo a diestra y siniestra a nuestros semejantes.

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