Expresión de Sicenridad (I).



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Ese día de trabajo, que podría haber sido como cualquier otro, se diferenció de los demás en que resulto ser el que rebalsó el vaso de mi paciencia hacia las insufribles cotidianeidades. Alguien que nunca tuvo resuelta la cuestión monetaria y que siempre dependió de sus padres o de un laburo de mierda ya debería haberse acostumbrado a los tragos amargos que hay que soportar para ganarse el pan y poder disponer de quince días al año de relajantes vacaciones. Pero yo nunca me había habituado a la vida de obrero. Tenía ilusas visones de un futuro mejor en donde pudiera preocuparme por cosas más importantes cuando se me diera la gana.

¿Por qué carajo tenía que interrumpir un pensamiento o una actividad en la que estaba concentrado para atender a un mugroso cliente que, finalmente, terminaba preguntándome por uno de los pocos cigarrillos que no se fabrican más o llevándose un puto chicle de cinco centavos? ¿Por qué debía suspender la lectura de un libro ameno para escuchar la estúpida escusa "Disculpame que te moleste, seguí, seguí estudiando. Yo miro"?

Debo aclarar que lo mío no fue en ningún momento un acto de locura como algunos alegan, supuestamente en mi defensa. Sólo fue un momento de sinceridad. Sí, de la más pura sinceridad a la que puede acceder una persona haragana por naturaleza que se ve en la necesidad de trabajar, es decir, se ve obligado a hacer algo que no le gusta.
Algunos dicen que perdí el dominio de mí mismo, pero nada hubo más alejado de la realidad. No soy del tipo de los iracundos descontrolados, cualquiera que me conozca puede decirlo sin temor a equivocarse. Para entenderme sólo haría falta que conozcan la vida cotidiana que enfrenta día a día un empleado de Shopping y también, mínimamente, algunos de mis pensamientos, principios y gustos.

En este caso en particular quizás lo que más influyó en el desenlace fue mi gusto por cierta música que, como todo gusto, es inseparable al desprecio de algún otro. Repulsión por ciertos ruidos propensos a producir una vaciudad cerebral tal que el cráneo se ve transformado en un recipiente vacío, perfecto para el desarrollos de todo tipo de ecos. Repeticiones de letras idiotizantes y acordes enfermizos que terminan convirtiéndote en un zombi; en el remoto caso de que, al acercarte a esa "música", ya no lo fueras.

La Patagonia.




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