Miedo a lo fantástico (I).



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Como escribir una obra que refleje auténtico terror, era la inquietud poco original que me acosaba aquella noche bastante fría en mi habitación oscura, que bien podía no ser mi habitación, en la cama en que me revolvía sin poder dormir y a la vez durmiendo, con esa somnolencia molesta que me atrapa cuando me encuentro entre el sueño y la vigilia. Poco original digo, pues la “autenticidad” es la cruz de infinidad de escritores o de los que se preocupan por serlo, reconocidos o totales desconocidos para el “público” o para sus amigos, o hasta para ellos mismos.

No se quien había dicho que no le importaba la originalidad, yo digo que no hay que esforzarse para lograrla porque, se quiera o no, la originalidad llega sin preguntar.
Quería algo que haga temblar. Por lo menos que me llegue a mí, que lo sienta real, que sea como un golpe inesperado, no pido más, me repetía, no pido más, no pido más: cada exclamación coincidía con uno de los zarpazos tirados hacia arriba tratando de agarrarme para evitar deslizarme con un último esfuerzo, para no caerme en el abismo que sabía podía no tener fin, cada pedido era una vuelta más en la cama que no me dejaba apagar la conciencia por un rato, era un tirón que me quería llevar hacia el teclado para escribir esa idea que tenía que surgir para saciar mi hambre de adrenalina, para tratar de recuperar ese terror que sólo se siente en la niñez y que se pierde cuando comenzamos a aprender a ser conscientes, por lo menos no se vuelve a recuperar en los primeros pasos de la conciencia, porque la conciencia exigida nos puede llevar a los lugares que circunda la inconsciencia de los primeros años, y más allá.
Finalmente la vigilia y el cuerpo vencieron al cansancio y a la paz de los sueños tranquilos. Me levante casi sonámbulo y me dirigí a intentar plasmar el terror que tenía dentro y pugnaba por salir.

Y aquí me tiene, presionando las teclas con pesar: tac, tac tac tac, tac tac, tac, tac, tac tac, me escucho typiando lejanamente como si no estuviera ahí; sin detenerme a pensar, guiado por quien sabe que fuerzas mayores a mi propia voluntad y deseo, en algo que parece tan inocente pero que todo escritor reconoce como una verdadera aventura, como un verdadero laberinto vicioso del que a veces nunca se puede escapar, el que a veces nunca se puede terminar, y queda ahí como todo cuento inconcluso, clavado en un costado y queriendo penetrar más paso a paso, para terminar de ejercer de una sola vez el estremecimiento para el que había sido creado en un principio.

La Patagonia.




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