Relatos de la Edad de Oro.


La leyenda del cereal (II).



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La gloria de su reino hable de su poder, para hacer saber a los hijos de los hombres sus poderosos hechos, y la gloria de la magnificencia de su reino. Su reino es de todos los siglos, y su señorío en todas las generaciones, eternamente y para siempre "¡para siempre!"- repiten.

Ellos, los mejores entre los mejores, escaparon de las garras de la mediocridad de su tiempo y supieron construir castillos pero no en el aire: en tierra firme, muy firme! "¡muy firme!"- repiten.

Esos dos siglos de felicidad y prosperidad para el vulgo, y de continuo perfeccionamiento y poderío para los nobles. Esos, los únicos siglos de oro en la historia de la humanidad que concluyeron con la gran tragedia que todos conocemos: la tercera guerra Nanotyranus, la cual redujo considerablemente nuestro espacio habitable...
Pero esta parte de la historia se centra en el inicio de la gran etapa, en los días de oro en que celebramos, como todos los años, las sagradas fiestas del cereal.

Todo comenzó cuando este grupo de intrépidos y poderosos decidieron explorar las tierras que limitan, en el Sur, con el gran abismo innominado: la frontera cordillerana que nos separa del vacío y nos aísla del universo. Este grupo de titánicos exploradores eligieron crear allí, al borde de la inexistencia, en el más inexplorado, inhóspito y tenebroso de los valles, su primer refugio mágico autosuficiente. Allí decidieron obrar su alquimia y trenzar sus complicados y peligrosos encantamientos para, en un santiamén, preparar el terreno y proporcionar el buen tiempo necesario que les permitiera desplazarse de pico en pico, bendiciendo y dándoles identidad a las impías montañas innominadas, únicos habitantes de esos remotos confines del mundo.

La Patagonia.




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