Alimentando el fuego de la indiferencia (IV).



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No escuché más, era demasiado para mí. Me alejé, primero despacio, luego corriendo, hasta que llegué a la abertura, ¡se había reducido de tamaño! ya casi no permitía el paso de un hombre, agradeciendo a Dios el ser flaco me apresuré a salir.
Afuera sonaban las sirenas de los bomberos, el incendio se había extendido y estaba arrasando un gran sector de la Reserva. En donde yo me encontraba ya había consumido todo lo inflamable a su alcance, por lo que me deslicé entre los arbustos quemados y los bomberos, que corrían con las mangueras de un lado al otro, sin que nadie me prestara la más mínima atención. Llegué al camino, recogí la bicicleta del lugar en donde la había dejado, no mostraba daño alguno. Desande camino hasta el portón principal. Pasé raudo sin saludar a nadie y sin hacerme eco de los gritos que me lanzaban para que me detuviera.

Seguí, sin pensar en nada, pedaleando a toda la velocidad que me daban las piernas hasta llegar a mi casa. Abrí la puerta raudamente, por suerte todos estaban durmiendo, no me gustaba nada darle explicaciones a mi mujer, y mucho menos soportar las preguntas de mis hijos. Ya me los imaginaba: Papá ¿porqué tenés toda la ropa rota? ¿porqué estás todo sucio? ¿porqué?¿porqué?¿porqué?

Sin remordimientos de conciencia colectiva, sabiendo que no era un héroe y creyéndose limitado, se sentó en su sillón preferido frente al televisor y dejando de preocuparse encendió el aparato sin demora. Al rato de divagar por los canales sin poder contenerse escupió una corta y resonante carcajada, que escucharon hasta los vecino, al advertir que, en su canal favorito del cable, estaba empezando Llamarada.

La Patagonia.

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