Alimentando el fuego de la indiferencia (II).



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La noche estaba espléndida, se podían observa varias estrellas por que estábamos a lunes, a principio de la semana, y todavía no se había llegado al pico de acumulación de smog en la atmósferas, gracias al tráfico principalmente, cosa que ocurría generalmente los jueves. Esto lo se porque en un tiempo trabajé en el servicio meteorológico nacional, cosa de la que me enorgullecía.

Ya había pasado la primera curva del circuito cuando lo divisé, parecía que recién se iniciaba, y se encontraba a unos 20 metros alejado del camino, un sector poblado de grandes y verdes árboles, que empezaban a ennegreserse por un humo espeso que surgía entre ellos. Era el comienzo de un incendio, de uno muy grande.

No soy un tipo de tomar decisiones rápidas pero, evaluando inmediatamente la situación, y viendo entonces que no existía gran riesgo para con mi persona, pues el incendio apenas se iniciaba, dejé en el piso la bicicleta y me dirigí hacia el lugar donde creía se encontraba el foco, para intentar extinguirlo de alguna forma antes que se expandiera peligrosamente.

Tremenda fue mi sorpresa al ver el panorama que me aguardaba en la base del viejo árbol que era el principal combustible de las llamas.
Que digo las llamas, debería decir Las Llamas con mayúscula, o mejor dicho los Señores llamas o las Señoras, quien sabe, de lo que sí estaba seguro es de que eran sujetos, su materia era el fuego y su forma humana.
Me quedé boquiabierto, cosa que no duró mucho porque el calor que despedían las figuras me obligó a cerrarla y a tragar saliva. Por suerte no me habían visto, agradecí a Dios mi apego a la ropa negra que me disimulaban en las sombras de una noche bastante clara.
Las...esas...esas cosas, que decidí bautizar como Infernos, daban vueltas, danzaban aparentemente, alrededor del que parecía ser el árbol en el cuál se había iniciado las llamas. Sus bailes eran acompañados por unos sonidos rasposos, que rozaban la categoría de ruidos, y se asemejaban a un ululante crepitar de ramas y un estridente chisporroteo que, sin embargo, tenía cierta modulación por parte de las bestias, demoníacas sin duda.

Contemplé extasiado el espectáculo de fuegos, casi artificiales, que despedían las figuras en sus bailes infernales, olvidándome del incendio que ya había avanzado, de tal manera que me había rodeado. En el centro me encontraba yo y los cinco Infernos danzantes.
Veía maldad en sus rostros humeantes, dos cavidades negras hacían de ojos, no poseían boca, los sonidos los emitían vibrando todo el cuerpo, tampoco tenían ninguna otra seña particular que me permitiera individualizarlas, eran iguales, aunque sus contornos variaban constantemente al ritmo del crepitar de las llamas, como si fueran hombres incendiándose y, precisamente, despedían un olor que me recordaba a carne chamuscada.

La Patagonia.




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