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Alimentando el fuego de la indiferencia (I).Por Federico Ferrero |
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La Avenida Costanera estaba casi desierta, cosa bastante habitual a esta hora de la mañana, por lo que me encaminaba, pedaleando tranquilo, hacia la Reserva Ecológica, a cumplir con el recorrido matinal al que estaba acostumbrado. Muchas veces, en mis rezos diarios al Señor, agradecía el haber hecho muchos amigos mientras trabajaba en la Reserva de vendedor de helados (quedándome hasta que la última persona se retiraba del predio), entre los cuales contaba a alguno de los serenos. Estas amistades me permitían disfrutar de la recorrida en bici a la que ya estaba habituado y que hacía todos lo día de semana, desde hacía un mes, a las dos de la mañana puntualmente: no me gustaban las muchedumbres y me fascinaban las noches en los ambientes naturales, o lo que quedaba de ellos. Doblé la última curva hacia la calesita de entrada, de día tan transitada por los deportistas, que desembocaba en uno de los pulmones más importantes de la ciudad. El tema de los incendios nos tenía preocupados a todos. No dejaban de asediar al parque de la reserva con ellos, porque no nos cabían dudas de que eran totalmente intencionales; nunca se había visto a nadie iniciarlos, pero las observaciones posteriores no mentían: se iniciaban siempre en la base de los árboles más viejos, que tardaban mucho más en encenderse por combustión espontánea que los miles de arbustos que atestaban la zona. Los incendios casuales no se iniciaban de esa forma. Eran intencionales, no podía ser de otra manera. Después de saludarlo nuevamente, esta vez con un apretón de manos, seguí viaje dirigiéndome a la gran calle de tierra que rodeaba el complejo, a dar la vuelta más grande del circuito, cosa que, calculaba, sólo me llevaría entre 20 o 30 minutos más o menos; ya estaba empezando a agarrarle la mano, o mejor dicho el pie, a la bicicleta. |
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