Sin reglas ni culpas (I).



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El imperio es o era como..., bueno...,ya saben, como cualquier otro imperio, como lo describió tan bien Asimov hace ya una par de siglos. Empezaré por contarles lo único que realmente me importa, y que se refleja en una pequeña frase: las prejuicios sociales, las costumbres más arraigadas, no han cambiado. Y esa es la causa de nuestra extinción.

Si Asimov o cualquier otra persona de su época resucitara podría manejarse en nuestra sociedad con sus antiguos preceptos para-con-los-otros sin tener ninguna dificultad, quizá su apariencia muy “del siglo XX” lo delataría como extranjero, pero no resaltaría tanto como los verdaderos extranjeros, los extranjeros de esencia, de los que habla este escrito, los que se distinguen en el acto, tras la sola realización de una de sus acción, tras el más simple bosquejo de su ética más normalizada.

El punto es que sus límites son otros. Ya imagino las críticas que me harán, los gritos que se elevaran contra mi como contra un traidor a la raza humana. ”¡No, no tienen límites!, me dirán, ¡no tienen moral ni ética!” Pero igualmente seguiré sosteniendo que sí las tienen (en ese sentido se nos parecen mucho), pero son tan distintas a las nuestras que la mayoría no quiere siquiera reconocerlas como tales.

Sí, es un tipo de moral, sí, es un tipo de ética.

“Pero ¡mantienen relaciones sexuales con sus hijos recién nacidos!”, me dirán como un ejemplo irrefutable. Lo reconozco, para nosotros es aberrante.

 “¡Pero su deporte más querido es el de asesinar a los más inteligentes y el de reconocer gobernantes a los más irracionales! ¡El tabú del incesto está invertido para ellos!

La Patagonia.
La respuesta a todo está en un paisaje...
...pero hay que saber mirar.




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