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'En un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza. En un país mal gobernado debe inspirar vergüenza la riqueza.'

- Confucio

En la Argentina tenemos, como en muchos otros países, nuestra propia aristocracia. Esta palabra que viene del griego antiguo significa ´el gobierno de los mejores´, y la existencia de una aristocracia significa que a una organización o como en este caso, una sociedad, la gobiernan los ´mejores´.

Pero queda determinar en qué son mejores, y para qué. A lo largo de los siglos y desde que Platón escribiera ´La República´ nos hemos enrevesado en dos grupos casi ideológicos: los que apoyan la formación o la existencia de las aristocracias o élites, y los que no.

Esto nos ha hecho olvidar o ignorar la segunda parte de la cuestión, es decir, contestarnos a la pregunta ¿mejores en qué sentido?

Un significado posible para esta pregunta sería el de ´mejores para obtener y mantener el poder´, porque está visto que por más que se sea un profeta, como decía Maquiavelo, si no se está armado no se puede triunfar. Y en este sentido, constituir una masa también puede paradójicamente constituirse en una aristocracia pues el peso del número bien puede ayudar a obtener y detentar el poder.

Es decir, de poco sirve saber o ser algo si no se tiene el poder suficiente como para poder utilizar esas cualidades en un sentido práctico.

El liderazgo es precisamente la cualidad que permite hacer esto, y por ello es que en artículos pasados le he dado tanta importancia a esta cuestión.

Y si el liderazgo es lo más importante para detentar el poder, entonces como corolario también podemos afirmar que quien sabe manejarlo, aunque sea un inútil en todo lo demás, tendrá el poder en sus manos.

Basta observar a diversos demagogos de la historia para comprobar que esto es estrictamente cierto.

Pero si ser capaz no implica que un individuo forme parte de una aristocracia porque no es ´mejor´ para gobernar en el sentido de que no sabe liderar, entonces podemos decir que una aristocracia también puede estar formada por inútiles en todo excepto en su facultad para liderar.

La Argentina es un país que durante la última mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX logró encaramarse en una posición relevante en el mundo y ciertamente preponderante en Latinoamérica.

Luego sobrevino un cambio político y social con la introducción en el ruedo de ´los cabecitas negras´ como solían llamar los aristócratas de aquella época a los mestizos, los pobres y en fin, al proletariado creado a partir de las clásicas inequidades que el capitalismo suele generar.

Con el cambio en la relación de poder y el surgimiento del peronismo, se formó una nueva aristocracia que poseía el liderazgo en el país. Esta aristocracia era, como resulta evidente, la antítesis de la anterior. Así es como de muchas inequidades surgió el concepto de la justicia social y un reparto pretendidamente más justo de la riqueza.

Sin embargo, esta nueva aristocracia también ha sido y es la antítesis de la anterior en un sentido cultural: los nuevos dirigientes y los grupos sociales que los apoyan desde entonces han sido manifiestamente incompetentes para gobernar y representan de forma patética la brutalidad propia del que rechaza al conocimiento, a la ciencia, a las artes y al saber en general simplemente porque tiene una serie de complejos y trabas mentales. La historia prueba que semejante cosa es una aberración, pues la aristocracia, por el contrario, debe fomentar la cultura (Ver The Skowronek Bankers).

En vez de aprovechar esa oportunidad dorada para integrar a una gran parte de la población dentro de la prosperidad que tenía la Argentina, los dirigentes - brutos como los dirigidos - la emplearon con fines revanchistas y como langostas, fueron destruyendo al propio país.

No se educó, no se capacitó y no se promovió la excelencia sino todo lo contrario: se atacó al conocimiento, se niveló hacia abajo y poco a poco se inició la ´fuga de cerebros´ que no era nada más que la emigración de científicos, artistas y profesionales que no veían más futuro aquí, quedando los que no se animaban o no podían irse, junto a aquellos que se conformaban con una choza de lata en los suburbios de alguna ciudad porque estaban mejor que en las chozas que ni eran de lata que tenían antes. Claro: mantener bruto al bruto es mejor para manipularlo.

Así es como el país se convirtió en una mezcla de frustrados e ignorantes.

Toda vida humana es valiosa y todos tenemos los mismos derechos básicos; pero es una realidad que en términos de lo que una sociedad puede obtener de ellos, el médico, el piloto, abogado, químico o ingeniero valen mucho, pero mucho más que un estibador, obrero o campesino.

Es la realidad: si se muere un proletario, hay ocho hijos que lo suceden y que probablemente van a ser tan proletarios como su difunto padre. Si se marchita la vida de un científico, un artista, un pensador o un gran deportista no solamente la sociedad sufre la pérdida de un talento, sino probablemente la humanidad toda.

Es uno de los peores errores de entendimiento que es posible cometer el confundir la igualdad de oportunidades que otorga la democracia con la igualdad de resultados que todos buscan; es un hecho cuantificable con el salario que se gana, qué es lo que vale cada individuo para su sociedad.

En las sociedades en las que se valora al ser humano, los salarios tienden a ser todos altos, pero aún así el que no solamente se esfuerza más, sino el que vale más por su capacidad y conocimientos, también gana más y es francamente estúpido pretender lo contrario porque va en contra de la naturaleza humana.

La pobreza es el resultado de dos cosas: una, un entorno malo debido a que los líderes son malos y dos, a la propia incompetencia fundamentada en la falta de educación y preparación.

Incluso con la mayor prosperidad económica - cosa que se obtiene si los líderes son competentes - la pobreza continuará existiendo si no se resuelve el problema de la educación, y no hay cataclismo que destruya una sociedad en la que la cultura ocupa un lugar preponderante entre sus valores, porque siempre estará capacitada para encontrar las respuestas.

En otras palabras, el calvario de ser pobre se debe a la actitud del conjunto de una sociedad que no valora el conocimiento; el pobre es pobre porque su sociedad aprecia a los brutos más que a los sabios y por lo tanto lo aprecia a él y le enseña a apreciarse como tal, creyendo que ´bienaventurados sean los pobres...´, que es uno de los peores consejos que nuestra culutra occidental y cristiana nos ha podido legar.

La pobreza no es motivo de orgullo; es una enfermedad social y debemos estar locos para colocar a esta desgraciada gente en un pedestal, porque solamente un enfermo mental es el que no quiere curarse y se jacta de su problema.

La pobreza es inversamente proporcional a la educación; en los países ´desarrollados´ invariablemente uno se encuentra con un gran desarrollo educativo y cultural. Si a esto se le presta atención, la pobreza desaparece por sí sola y no hace falta continuar con el limosneo propio de los que no encuentran alternativas por falta de conocimientos.

La solución a este problema no pasa por ignorar que no en todos los planos de la vida somos todos iguales ni tampoco por aplastarse unos a otros, sino por hacer un lado a lo ´políticamente correcto´ reconocer a la pobreza como un hecho malo, un estigma del que hay que salir y hacer lo único viable al respecto: educar a la gente dejando de buscar excusas para darle un tratamiento diferencial a esta gente excepto en lo que respecta a una cosa: poner más énfasis en educarlos que en el caso de otros porque lo necesitan más, pero terminar con todo ese fárrago de excusas para que no paguen impuestos, para que los jueces sean magnánimos en las sentencias judiciales por crímenes cometidos, y para que se les tolere cosas que a otros ciudadanos no se les tolera, porque se está haciendo un pésimo trabajo educativo.

Ser falsamente tolerantes y piadosos tiene un doble mensaje que es terrible: por un lado le enseña al limosnero que puede continuar limosneando, y al que es y hace algo más, le enseña que esforzarse tiene poco valor.

El ganar menos dinero no es justificativo para comportarse de forma indigna. No es un pecado, pero sí un problema que hay que resolver. Ser pobre es horrible, es oler mal, es no tener que comer, es no tener futuro y estar cerca de la marginalidad ¿Y eso es ser bienaventurado?

Si esta nueva aristocracia de ´los negros´, como de forma un poco racista se los denomina en el país a los que pertenencen a las clases más bajas pero corporativamente poseen una fuerza casi mayoritaria se la puede asociar con la destrucción o decadencia de la Argentina, entonces para revertir el proceso hay que sencillamente constituir una nueva ´aristocracia´ basada en lo distinto, es decir, en el conocimiento.

En esta etapa de mis elucubraciones tengo que hacer una aclaración: los reestructuradores a la ´Wall Street´ que en los últimos años se encargaron de dar el tiro de gracia a la economía argentina no tienen lugar en este nuevo designio, pues son tan negros como los ´negros´; son brutos ignorantes con plumas nuevas que creen que porque hicieron un cursillo de tres meses en Estados Unidos y aprendieron a balbucear inglés han recibido una especie de ciencia infusa como luz proveniente de un OVNI con valores proféticos.

Basta ver el estado de la economía para constatar si son una cosa o la otra... El liderazgo neoliberal ha sido una plaga.

Pero continuando, el seguir favoreciendo pretendidamente al vago, al incompetente, al ignorante, al inútil y convertir en una característica cultural de la famosa frase ´alpargatas sí, libros no´ solamente puede producir nuevos desastres.

No se trata de ser arrogantes, pretenciosos, racistas o cosas por el estilo, pero hasta para ser un buen plomero hay que estudiar y aprender, y el hecho es que un país - por más que sea una democracia - no puede permitirse el lujo de dejarse llevar por los designios de personas que ni siquiera pueden hablar bien su propio idioma, carecen de educación y no poseen títulos profesionales.

Es cierto que todos tenemos derecho a ejercer cargos públicos, a hacer valer nuestro voto, expresarnos, etc. pero al hablar de todo esto nos olvidamos del criterio de responsabilidad que ineluctablemente está asociado con todo derecho.

El uso de un derecho sin responsabilidad es solamente un abuso, y lo que nos está pasando es que el país está siendo abusado por piqueteros, sindicalistas, ´opus dei´ (me han cansado con su antisemitismo y patrioterismo de shopping center) y otras lacras que solamente se acuerdan de sus derechos por conveniencia, sino porque ignoran la otra parte de la ecuación ´derecho = responsabilidad´.

Esto, si se quiere es neocomunismo (imagino las convulsiones de algunos ahora), pues hasta Marx afirmó que ´de cada cual según su capacidad, y a cada cual según su necesidad´ y lo que yo digo es que no se debe pretender extraer del analfabestia una capacidad de gobierno ni autoridad, sino que hay que darle lo que necesita primero: unos cuantos libros por la cabeza hasta que está más pulidito y lustrado como para hacer de forma mínimamente competente lo que pretende hacer.

El ´negro´ (no hablo del negro de color, sino del ´negro mental´) tiene sus derechos, pero yo también los míos. Tengo derecho a vivir en un país bien gobernado, a que se reconozcan mis méritos y a que no se nivele hacia abajo a los que hacen un esfuerzo en cualquier orden simplemente para que aquel que no hace nada no se sienta mal, a que no me corten ilegalmente el derecho al libre transito unos piqueteros que no consiguen trabajo porque hacen culto de la vagancia; también tengo derecho a vivir en un sitio que no sea decrépito y que cada vez más se asemeja a una villa miseria, y a que cada persona reciba una justa retribución en base a su esfuerzo y su productividad para la sociedad, y créanme, en este sentido no es lo mismo un burro que un gran profesor.

Y ambos tenemos nuestras responsabilidades: el piquetero que corta una avenida en una ciudad durante el horario de trabajo debería hacerse responsable de los gastos y perjuicios que ocasiona. ¿No puede? Entonces no debería ejercer un derecho para el cual no está preparado del mismo modo que no se puede acusar sin responsabilidad o la presentación de pruebas.

También tenemos la responsabilidad de pagar impuestos y cumplir con nuestros deberes ciudadanos. ¿No puede pagar impuestos porque es ´pobre´? Está bien, démosle una mano, pero al menos que tenga la decencia, el decoro civil y ciudadano de colocarse en el lugar que le corresponde hasta tanto no puede conseguirse uno mejor por mérito propio, y su lugar es el del que como recibe todo de arriba debe estar agradecido y no empezar a protestar y perjudicar a los demás.

Los piqueteros son, para mostrar solamente un caso, mendigos, resentidos y vagos que se creen con derecho a exigir su limosna, y no me acusen de insensible: más insensibilidad es la que tiene una sociedad con la gente que se tiene que levantar de la cama a las cinco de la mañana y viajar en trenes horribles para ir a trabajar para mantener con sus impuestos a esos que caben perfectamente dentro de la definición de los parásitos, que lo único que saben hacer es perjudicar a los que los mantienen cortándoles el tránsito, destrozando locales comerciales y ensuciando las veredas.

Mis palabras pueden aparecer como racistas quizás, pero basta que el lector lea un poco acerca de mis trabajos en contra del racismo para comprobar que estoy muy lejos de ser uno de esos. No caigamos en la falacia de buscar un orden social justo pero en el que se reconozca el mérito, con una ideología racista.

Pero es hora de que dejemos de lado los tabúes: tenemos una aristocracia invertida, travesti, que es uno de los peores males que nos causan daño tras daño, y digamos con todas las letras que un ignorante que ni siquiera sabe pronunciar una ´s´ al final de las palabras no sirve ni para plomero y es un inútil peligroso cuando pretende algo más porque así como mona vestida de seda, mona queda, el que no sabe ni hablar tampoco sabe pensar, y si no sabe pensar entonces no sabe decidir, y no considero prudente que le dejemos a semejantes especímenes de la raza humana que tomen decisiones que afectan vidas y trabajos, fortunas, planes y proyectos.

El ´corralito´ y tantos otros males que nos han aquejado no son más que consecuencias perfectamente explicables que se originan con el advenimiento al poder del inútil.

Y como somos adultos y responsables y yo trato de no ser hipócrita, creo que es hora de decir, sin ribetes racistas sino basando esta definición en la actitud y no el color de la piel (en Argentina el ´negro´ no es el africano o el indio sino el ignorante, villero, favelero o como se lo quiera denominar), que el que es un ´negro de mierda´ (y que nadie se haga el sorprendido por estas palabras, porque son de uso común en el país) solamente va a causar estragos y debe hacerse un lado o hay que hacerlo a un lado, y esto no es una usurpación de derechos: todos tenemos derecho - por ejemplo - a convertirnos en médicos, pero para eso primero hay que estudiar y recibir el diploma.

Si no dejaríamos que un tipo sin el diploma de médico nos trate de curar ¿cómo es que dejamos que con la misma incultura se maneje un país?

Y sé que no va a faltar aquel que porque escribí las palabras ´negro de mierda´ me va a hacer algún escombro, pero a esa persona le digo: no seamos hipócritas, pues en el mundo hay cosas peores que esas dos palabras y una de ellas es la ignorancia que defiende el que pretende seguir tratando a este concepto como un tabú, es el daño que el que cabe dentro de esa definición causa, aunque sea muchas veces sin mala intención, pero con total negligencia.

La pobreza se combate con la escuela, y no con el reparto de alimentos y el limosneo; mucho menos, con el abuso de los recursos de un país y en especial de los recursos humanos más capacitados para pretendidamente ayudar ´los que menos tienen´.

¿Cuando se va a comprender esto? Sesenta años de cabildeo con la doctrina de la justicia social no han producido nada; véalo por usted mismo, estimado lector, y cuando algo demuestra tan patentemente no funcionar, debe ser sustituído por otra cosa.

Ayude a combatir la bestialidad abriendo un libro esta noche, porque - créame - es la única manera de salir de la pobreza; lo demás es todo mentira y de las mentiras se puede vivir con ilusiones un tiempo, pero no para siempre.

Lo sucedido lo demuestra.




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